La eliminación de la selección peruana Sub-17 en los Sudamericanos 2025 y 2026 no es una mera mala campaña ni un accidente deportivo de temporada. Es la prueba descarnada de que el fútbol peruano de menores se encuentra atrapado en un círculo de atraso, desorden e improvisación que ya no admite excusas. Los resultados son demasiado graves como para seguir disfrazándolos con discursos de paciencia o frases hechas sobre procesos que, en realidad, no existen. En dos torneos consecutivos, Perú no sumó un solo punto, recibió una cantidad escandalosa de goles y volvió a quedar en el fondo de la tabla, dejando una imagen de impotencia competitiva que no puede recaer sobre los chicos, sino sobre quienes dirigen los destinos del fútbol peruano. Basta revisar el resumen estadístico: en 2025, Perú perdió sus cuatro partidos (0 goles a favor y 17 en contra); en 2026 volvió a fracasar con cuatro derrotas consecutivas —ante Argentina, Brasil, Bolivia y Venezuela— sumando apenas 2 goles y recibiendo 11, cerrando nuevamente último y sin puntos.
Aquí hay que decirlo con claridad: los jugadores no son los culpables de esta debacle. Ellos son, más bien, las víctimas visibles de un sistema que los forma mal, los prepara tarde y los expone sin respaldo suficiente. La responsabilidad principal está en la estructura. Está en una Federación Peruana de Fútbol que no ha sido capaz de consolidar un proyecto serio de menores, y también en clubes que siguen tratando la formación como un asunto secundario, casi ornamental, cuando debería ser la base de todo el edificio futbolístico.
El primer problema significativo es que la FPF no cuenta con un presupuesto adecuado ni suficiente para la formación de menores. Y cuando no hay inversión real, el discurso se vuelve una farsa. No se puede hablar de futuro si no hay recursos bien orientados para infraestructura, captación, tecnología, seguimiento médico, nutrición, salud mental, giras internacionales y capacitación de entrenadores. El fútbol moderno se construye con planificación y recursos; no con buenas intenciones. Pretender competir con potencias sudamericanas sin un presupuesto serio para el desarrollo juvenil es condenar a nuestros futbolistas a llegar tarde, mal preparados y en desventaja.
El segundo problema es igual de grave: en el Perú no existen torneos de menores suficientemente competitivos como para preparar a los jóvenes para el ritmo internacional. Esa es otra verdad incómoda. Nuestros campeonatos juveniles siguen marcados por irregularidades, baja exigencia, escasa continuidad y una limitada exposición al roce de alto nivel. Mientras en otros países los adolescentes compiten durante todo el año en estructuras sólidas, exigentes y profesionalizadas, aquí demasiadas veces se juega poco, se entrena de manera desigual y se llega al Sudamericano con futbolistas que no han sido realmente probados en escenarios competitivos de verdad. Luego vienen Argentina, Brasil, Colombia o Ecuador y la diferencia de ritmo, intensidad, fundamentos y madurez táctica resulta brutal.
Y ahí aparece la palabra que mejor retrata esta crisis: mediocridad. No como insulto fácil, sino como descripción de una gestión que se ha acostumbrado a lo mínimo, a lo precario, a lo incompleto. En el fútbol peruano se improvisa demasiado y se planifica muy poco. Se cambia de entrenador como si el problema fuera únicamente un nombre propio, cuando en realidad lo que fracasa una y otra vez es el modelo. El cambio de Carlos Silvestri a Renzo Revoredo no modificó el fondo del desastre porque la enfermedad no estaba solo en el banco, sino en todo el sistema que rodea a la selección juvenil.
Tampoco ayuda que el país siga confundiendo experiencia de exfutbolista con preparación profesional para formar menores. No basta haber jugado para dirigir procesos juveniles. El fútbol formativo exige especialización, actualización permanente, conocimientos de metodología, pedagogía, preparación física, lectura táctica, desarrollo emocional y análisis del rendimiento. Un entrenador de menores no puede ser producto de la improvisación ni del favor dirigencial. Debe ser parte de una política seria de profesionalización. Y eso, en el Perú, todavía está lejos de consolidarse.
Pero el problema es aún más profundo. El fútbol peruano no tiene un Plan Integral Nacional de Menores con visión de largo plazo. No existe una hoja de ruta clara que articule federación, clubes, academias, regiones, municipios, escuelas deportivas y centros de alto rendimiento. Lo que debería existir es un plan nacional al 2040: ambicioso, técnico, descentralizado, medible y sostenido, que defina metas, presupuesto, metodología, captación de talentos, profesionalización de entrenadores, infraestructura y competencia internacional. Sin una visión de futuro, el fútbol peruano seguirá viviendo de parches. Y un país que vive de parches nunca construye grandeza; apenas administra su decadencia.
Lo más dramático de este fracaso es que esta Sub-17 representa el futuro de la selección mayor. Estos chicos, en teoría, son la base de lo que vendrá después. Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué futuro puede tener la selección absoluta si sus cimientos están tan debilitados? Sin un trabajo serio en menores, el Perú seguirá llegando a las eliminatorias con generaciones mal desarrolladas, con carencias tácticas y físicas, y con una distancia cada vez mayor respecto de sus rivales. Mientras Sudamérica evoluciona, profesionaliza y exporta talento, el Perú permanece anclado en una lógica antigua, sin brújula y sin proyecto.
Como ya se ha señalado con acierto en el material de base, la verdadera crisis no está solo en perder por goleada. La verdadera crisis está en que esas derrotas ya no sorprenden, porque se han vuelto costumbre dentro de un sistema que ha perdido la capacidad de escandalizarse frente a su propio fracaso.
La selección peruana Sub-17 no fracasó sola. Fue empujada al fracaso por una estructura sin presupuesto suficiente, sin torneos competitivos, sin profesionalización adecuada y sin una estrategia nacional seria que piense el futuro más allá del próximo torneo. Lo alarmante no es solo haber quedado eliminados. Lo verdaderamente alarmante es que el fútbol peruano siga sin entender que el problema no se resuelve cambiando nombres, sino cambiando el sistema.
Reflexión final
El Perú tiene talento, pero no tiene organización. Tiene jóvenes con condiciones, pero no tiene una estructura capaz de potenciarlos. Tiene pasión por el fútbol, pero aún no ha logrado profesionalizarlo de manera integral. Y mientras la FPF siga administrando la formación de menores con presupuestos insuficientes, torneos débiles y una lógica de improvisación, el país seguirá repitiendo la misma historia: promesas que no maduran, generaciones que se pierden y selecciones que llegan al continente solo para confirmar que no hubo siembra. El fútbol peruano necesita dejar de sobrevivir torneo a torneo y empezar a construir un plan integral nacional al 2040, con visión, hoja de ruta y profesionalismo real. De lo contrario, seguirá criando su propio fracaso con una disciplina que otros ya convirtieron en industria, ciencia y futuro. (Foto: lacajanegra.blog).
