Infartos en menores de 50 años: alerta roja en el Perú actual

El infarto dejó de ser una enfermedad de la vejez. Hoy, en el Perú, está tocando la puerta de personas menores de 50 años con una frecuencia que ya no puede considerarse anecdótica. El Instituto Nacional Cardiovascular de EsSalud reporta más de 350 casos anuales de infarto agudo de miocardio, lo que equivale a casi un paciente al día. Pero lo más inquietante no es la cifra, sino el cambio en el perfil: cada vez más jóvenes están llegando a emergencia con el corazón al límite. Esta no es solo una alerta médica; es un síntoma de un problema estructural que el país ha preferido postergar.

Las causas están identificadas, repetidas y, sin embargo, normalizadas. Mala alimentación, sedentarismo, estrés crónico, hipertensión y diabetes temprana forman parte de la vida cotidiana de miles de peruanos. Comer mal dejó de ser una excepción; se volvió rutina. Moverse poco ya no es descuido; es parte del estilo de vida. Vivir bajo presión constante no es un episodio; es el día a día.

El resultado es predecible: un cuerpo que envejece antes de tiempo. Según especialistas, casi la mitad de los pacientes con infarto presenta hipertensión, y un tercio convive con diabetes. Son enfermedades que ya no esperan décadas para aparecer. Se instalan temprano y avanzan en silencio, mientras la prevención sigue siendo una asignatura pendiente tanto para el sistema de salud como para la ciudadanía.

Pero reducir el problema a una cuestión individual sería un error cómodo. Aquí también hay responsabilidades colectivas. Se promueve un ritmo de vida que prioriza la productividad sobre el bienestar, se naturaliza el estrés como condición de éxito y se tolera un entorno alimentario donde lo accesible no siempre es lo saludable. En ese escenario, la prevención queda relegada a campañas aisladas que compiten con hábitos profundamente arraigados.

A esto se suma un factor crítico: la falta de reconocimiento temprano de los síntomas. Hasta el 50% de los pacientes puede presentar señales previas —fatiga extrema, molestias en el pecho— que pasan desapercibidas o se minimizan. Cuando finalmente aparecen el dolor opresivo, la falta de aire o el mareo, el margen de acción ya es menor. En cardiología, el tiempo no es un detalle: es la diferencia entre recuperarse o no.

El aumento de infartos en menores de 50 años no es una coincidencia ni una anomalía pasajera. Es el resultado de años de hábitos descuidados, de prevención insuficiente y de un sistema que reacciona más de lo que anticipa.

Reflexión final
Un país que envejece prematuramente a su población no solo enfrenta un problema de salud, sino un fracaso colectivo. Porque cuando el corazón empieza a fallar antes de tiempo, no es solo el cuerpo el que se resiente. Es toda una sociedad la que está funcionando mal. (Foto: El Popular).

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