Las Elecciones 2026 no solo dejan ganadores, finalistas y cálculos para una eventual segunda vuelta. También dejan una postal incómoda, pero reveladora: la de varios partidos y candidaturas que no lograron ni siquiera superar el 1% de los votos válidos. Ese dato, que podría parecer menor frente al ruido de los primeros lugares, en realidad retrata una enfermedad más profunda de la política peruana: la fragilidad de las organizaciones partidarias, la desconexión con la ciudadanía y la peligrosa costumbre de convertir una elección nacional en una feria de improvisaciones.
Según el avance oficial del conteo de actas, un grupo significativo de postulantes quedó atrapado en porcentajes mínimos. Enrique Valderrama, del Partido Aprista Peruano, encabezó ese bloque con 0.957%; George Forsyth, de Somos Perú, obtuvo 0.897%; Herbert Caller, del Partido Patriótico del Perú, alcanzó 0.864%; y Mario Vizcarra Cornejo, de Perú Primero, sumó 0.861%. Más abajo aparecen Ronald Atencio, Rosario Fernández Bazán, Vladimir Cerrón, Mesías Guevara, Roberto Chiabra y otros candidatos que no lograron convertir su exposición pública, su trayectoria o sus aparatos partidarios en respaldo ciudadano.
Pero el problema no es solo electoral. Es institucional. Que tantos partidos queden por debajo del 1% no debería leerse únicamente como una derrota individual, sino como una prueba del colapso de representación que vive el país. Durante años, el Perú ha tolerado partidos sin militancia sólida, sin doctrina clara, sin organización territorial y, en muchos casos, sin otra razón de existir que una candidatura coyuntural. El resultado salta ahora a la vista: siglas que sobreviven en el papel, pero no en la conciencia de los votantes.
Hay además un mensaje político de fondo. El electorado no solo escoge: también castiga. Y cuando un partido no logra siquiera un respaldo mínimo, lo que recibe es una señal de irrelevancia. Algunas de estas candidaturas llegaron con expectativa mediática, otras con pasado político conocido, pero varias terminaron confirmando que el protagonismo de campaña no siempre significa legitimidad social. En democracia, no basta con aparecer; hay que representar.
Lo sucedido con los partidos que no alcanzaron el 1% expone una verdad incómoda: el sistema político peruano sigue permitiendo una dispersión que debilita la democracia en lugar de fortalecerla. Un país golpeado por la corrupción, la inseguridad, la desconfianza y el desgobierno necesita partidos serios, no franquicias electorales temporales.
Reflexión final
La pregunta no debería ser solo qué partidos no llegaron al 1%, sino por qué el Perú sigue acumulando candidaturas que no logran conectar con la ciudadanía. Cuando la política pierde contenido, identidad y convicción, termina reducida a números humillantes en una tabla de resultados. Y eso no solo afecta a los derrotados: deteriora la calidad misma de la democracia. (Foto: Convoca).
