Magaly Solier, hija de Huanta, voz que nació entre montañas y sembríos, se encuentra hoy acostada en una camilla humilde, sostenida por manos que hacen milagros con lo poco que tienen. La actriz que llevó la lengua quechua a Berlín, que hizo llorar al mundo con La teta asustada, fue atendida en un hospital de contingencia que más parece una posta improvisada. Allí, donde faltan equipos, faltan medicinas y sobra el abandono, se alzó la dignidad de médicos y enfermeras que lograron estabilizarla.
Pero la paradoja sangra: ¿cómo es posible que quien puso a Huanta en el mapa cultural del mundo deba jugarse la vida en un lugar donde la suerte sustituye a la política pública? ¿Qué destino nos queda si hasta a nuestros símbolos los arrincona la precariedad?.
Huanta vive un duelo que ya dura seis años. Se colocó la primera piedra de un hospital que nunca fue hospital, de un sueño que se quedó en columnas desnudas, en concreto que envejece, en un letrero oxidado que promete lo que nunca cumple. Allí está el esqueleto del Hospital Daniel Alcides Carrión, consumiendo millones, erosionando esperanzas. Mientras tanto, la muerte se vuelve rutina, y la indiferencia, paisaje.
La responsabilidad tiene nombres y apellidos: Dina Boluarte, que gobierna desde el mármol sin mirar a los Andes; César Vásquez, ministro de Salud que no escucha el eco de un pueblo sin camas ni medicinas; y Wilfredo Oscorima, gobernador regional que pasea cascos blancos relucientes, más brillantes que su gestión, en obras inconclusas que solo exhiben la miseria del poder. Ellos son los custodios del olvido. Y si hoy Magaly respira es porque un centro de contingencia, con paredes frágiles y personal exhausto, se rebeló contra el abandono. De no ser así, quizá este artículo sería elegía y no denuncia: quizá hoy estaríamos llorando la partida de una de las más grandes artistas que ha parido este país.
El cuerpo de Magaly en trauma shock es espejo de todo un pueblo. Si a ella —artista nacional, voz universal, embajadora cultural de la Unesco— apenas se le ofrece un espacio precario para resistir, ¿qué queda para los niños que bajan de los caseríos con fiebre, para los ancianos que nunca llegan a Huamanga, para las madres que cargan en sus espaldas la angustia de no tener dónde curar a sus hijos?
La obra inconclusa del hospital se ha tragado ya más de 170 millones de soles. Cada millón, un suspiro que no llegó a salvar vidas; cada retraso, un entierro sin estadísticas; cada discurso oficial, un insulto a la memoria de quienes partieron esperando una cama que nunca llegó. La Contraloría advirtió fallas, los medios denunciaron, el gobernador prometió… y luego, silencio. El silencio que no es neutro, sino cómplice; un silencio que mata más que la enfermedad.
Huanta es un eco que nadie quiere escuchar. En los años del conflicto armado fue territorio de sangre y resistencia; hoy es víctima de otra violencia: la del desprecio estructural. La violencia de un Estado que, con su pasividad, decide quién tiene derecho a vivir y quién está condenado a esperar la muerte.
La hospitalización de Magaly Solier no es un episodio aislado: es un espejo doloroso de lo que Huanta vive todos los días. Ella sobrevivió gracias al coraje de un hospital de contingencia que se mantiene en pie con las uñas, pero miles no lo logran. Cada día sin hospital es una afrenta ética, un crimen político, un recordatorio de que este país aún no sabe mirar a los Andes con justicia.
Reflexión final
Magaly resiste. Huanta resiste. Pero la resistencia no debería ser el único destino. Lo que Huanta clama no es caridad: es humanidad. Un hospital que funcione, una vida que valga, un Estado que no abandone. Si el Perú sigue permitiendo que sus pueblos mueran en silencio, no habrá arte ni memoria que nos salve. Porque un país que olvida a Huanta olvida su propia alma.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
