El final anunciado: Boluarte, la cirugía que nunca cicatrizó

Tanto fue el bisturí al rostro del poder que, al final, el país quedó desfigurado. Dina Boluarte, la presidenta que se preocupó más por su imagen que por su gobierno, terminó destituida por el Congreso bajo el rótulo de “incapacidad moral permanente”. Era cuestión de tiempo. Su gestión, marcada por el autoritarismo, el desgobierno y la frivolidad, se convirtió en un retrato perfecto de lo que el Perú no debía volver a ser: un país tomado por las bandas criminales mientras su mandataria se hacía cirugías estéticas y aprobaba su propio aumento de sueldo.

Boluarte llegó al poder envuelta en promesas de diálogo y estabilidad. Terminó envuelta en denuncias, escándalos y sangre. Su frase “soy una mujer de paz” se transformó en eco de una represión que dejó más de cincuenta muertos en Puno, Ayacucho y Cusco. La mujer que juró “dar la vida por el Perú” terminó asfixiando su legitimidad con balas, silencios y decretos de emergencia. Su caída no fue una sorpresa; fue una consecuencia lógica de un poder sostenido sobre la soberbia y la desconexión total con la realidad.

Mientras el país ardía entre asesinatos, secuestros, extorsiones y cobros de cupos, Boluarte prefería el bisturí al diagnóstico nacional. Ni la salud, ni la educación, ni la seguridad importaban: todo se colapsaba a la vista de un gobierno que confundió gobernar con resistir. La policía, sin patrulleros ni chalecos antibalas, enfrentaba al crimen organizado con más fe que recursos. En paralelo, la presidenta se autoasignaba un sueldo que superaba los 35 mil soles mensuales, mientras el ciudadano promedio luchaba por sobrevivir con un salario mínimo que apenas cubre el pan del día.

Su desprestigio alcanzó niveles históricos: 93 % de desaprobación y 0 % entre los jóvenes. Un récord mundial que no se consigue por casualidad, sino por mérito propio. Dina Boluarte convirtió el poder en un espejo deformado: cuanto más intentó aparentar firmeza, más evidente se hizo su vacío. Ni los pactos con el fujimorismo ni las alianzas con el Congreso pudieron sostener un régimen que se derrumbaba sobre sus propias mentiras.

El país está tomado por las bandas organizadas, los ministerios funcionan por inercia y la moral pública yace en cuidados intensivos. Dina Boluarte se va dejando un legado peligroso para el nuevo presidente, José Jerí: un Perú fracturado, desconfiado y gobernado por el miedo. Su salida no cierra una etapa; abre una herida que tardará años en sanar.

Reflexión final
Dina Boluarte prometió cirugía democrática, pero terminó amputando la esperanza. Hoy, el bisturí del Congreso cortó lo que la ética debió extirpar mucho antes. El Perú no necesitaba una presidenta perfecta, solo una presente. En vez de enfrentar la corrupción, se maquilló con ella; en vez de escuchar al pueblo, se aisló en su vanidad. Su caída no es una tragedia política: es una lección moral. Porque cuando el poder se convierte en espejo, el país termina reflejando la misma miseria que pretendía ocultar.

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