En un país donde los hospitales piden oxígeno, las escuelas techan con plástico y la justicia agoniza en los archivos, el Estado ha encontrado su prioridad: aumentar los sueldos de quienes ya viven en la cima del poder. Los magistrados del Tribunal Constitucional ganarán S/42,717 mensuales y los embajadores, S/20,000. Es la nueva pedagogía nacional: se recompensa la ineficiencia, se bonifica la desconexión y se institucionaliza el descaro.
El argumento oficial —ese cliché imperecedero de los tecnócratas del privilegio— es “atraer talento”. Pero en el Perú, el talento no se mide por resultados, sino por jerarquía. En el TC, ¿qué se celebra exactamente? ¿Las sentencias tardías, la incoherencia jurídica o el silencio frente al caos institucional? Su trabajo no se evalúa por impacto ni por transparencia, pero su salario sí por aspiración. Ganar S/42 mil al mes sin metas públicas ni indicadores de eficiencia es un acto de fe… y de presupuesto.
Mientras tanto, en la cancillería, se duplican los sueldos del cuerpo diplomático, de S/10,600 a S/20,000 para los embajadores. Dicen que “representan al país”. Pero ¿qué país? ¿El de los 20 mil soles de nómina o el de los 1,000 soles al mes del maestro rural? La diplomacia peruana celebra sus aumentos sin presentar un solo indicador verificable: ni tratados estratégicos, ni inversiones concretas, ni misiones con impacto social. Un ascenso en la planilla, pero no en la eficacia.
Y en paralelo, la Junta Nacional de Justicia quiere su tajada: de S/35 mil a S/42 mil, gracias a la creatividad legislativa del congresista Américo Gonza. Mientras la justicia se hunde, la cúpula se reparte el flotador. El Estado se parece cada vez más a un club privado con membresía automática para sus funcionarios y cuotas obligatorias para los ciudadanos.
No es solo un aumento: es una bofetada moral. En un país donde los médicos hacen huelga por falta de equipos y los policías compran sus propias botas, subir el salario de los altos funcionarios es una provocación institucional. No se trata de meritocracia, sino de autoindulgencia con fondos públicos.
Reflexión final
El mensaje es claro: mientras el Perú se desangra, los de arriba se sirven otra copa. Ya no se gobierna, se administra un banquete. Y cada aumento en la cúspide es una nueva forma de decirle al pueblo lo que el poder piensa de él: “trabaja más, gana menos y, sobre todo, no preguntes por qué”.
