En el Perú, la indignación es un accesorio y el blindaje, una política de Estado. Keiko Fujimori puede criticar a José Jerí con frases medidas y tono de “preocupación democrática”, pero el hecho contundente es otro: Keiko y su partido, Fuerza Popular, lo protegen y lo blindan. Porque en política no manda lo que se declara frente a un micrófono, sino lo que se firma —o lo que se evita firmar— cuando hay que empujar una censura.
El libreto es conocido: se critica “para no quedar pegado” y se sostiene “para no perder poder”. Keiko suelta observaciones sobre reuniones clandestinas, espera “que investiguen”, pide “conclusiones”… y su bancada se queda quieta. Nada de firma, nada de respaldo real a una censura, nada de costo. Es el arte de la oposición cosmética: parecer distancia sin cortar el cable que sostiene al Gobierno.
El argumento de la “flagrancia” es la joya del cinismo institucional. En un país donde los encuentros cuestionados ocurren sin registro, sin actas y a media luz, exigir flagrancia es pedir que la irregularidad venga con invitación impresa. Es convertir la sospecha razonable en impunidad práctica: “si no lo ves en vivo, no existe”. Y así, Jerí respira.
Pero el blindaje no solo cubre un escándalo: cubre un estilo de desgobierno. Jerí sigue sin ofrecer un rumbo convincente y, en seguridad, el país espera un plan serio mientras el Ejecutivo se refugia en el anuncio repetido, el estado de emergencia de temporada y la foto con tono firme. Cuando no hay plan, lo que queda es espectáculo. Y cuando el Estado se vuelve espectáculo, el crimen se vuelve administración.
Mientras tanto, las crisis no piden permiso: salud colapsada en zonas, educación rezagada, minería informal e ilegal expandiéndose, agricultura asfixiada por costos e inseguridad, y bandas criminales convirtiendo la extorsión en impuesto paralelo. En ese contexto, blindar a Jerí no es neutralidad: es apostar por la continuidad del caos, porque el caos también reparte cuotas, acomodos y ventajas.
Y allí está el punto incómodo: ¿por qué blindarlo? Porque en la aritmética del Congreso, sostener a Jerí puede ser más útil que reemplazarlo. Porque con un presidente interino débil, el Parlamento manda más. Y cuando el Parlamento manda más, algunos creen que el país les pertenece.
Keiko puede decir que Jerí “ha hecho poco”, pero si su bancada lo sostiene, el mensaje es claro: no es crítica, es control. El blindaje es una decisión política, no un accidente.
Reflexión final
El Perú no se está hundiendo por falta de diagnósticos, sino por exceso de complicidades. Si Fuerza Popular realmente quiere “orden”, empiece por ordenar su propia coherencia: o se denuncia y se actúa, o se calla y se asume. Porque el doble discurso no es estrategia: es gasolina para el desgobierno. (Foto: Informate Perú).
