Gianni Infantino busca reelegirse y perpetuarse en la FIFA

Gianni Infantino ya trabaja para asegurar su reelección en la FIFA y extender su permanencia en el poder hasta 2031. Lo anunció en el Congreso de Vancouver, respaldado de inmediato por África, Asia y Conmebol. El libreto es conocido: más torneos, más selecciones, más dinero para federaciones y más votos asegurados. En apariencia, se presenta como una gestión exitosa, moderna y expansiva. En el fondo, parece la consolidación de un poder que aprendió a repartirse en millones, a blindarse con apoyos continentales y a convertir cada reforma del fútbol en una inversión política.

Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en 2016, tras el escándalo que sepultó la era de Joseph Blatter. Su llegada fue vendida como una oportunidad para limpiar la casa, recuperar credibilidad y abrir una nueva etapa de transparencia. Pero una década después, la pregunta vuelve a instalarse con fuerza: ¿cuánto tiempo debe permanecer una misma persona administrando el deporte más popular del planeta?. Porque el problema no es solo la legalidad de una candidatura, sino el deterioro institucional que produce la permanencia prolongada en cualquier estructura de poder.

La FIFA sostiene que su primer mandato parcial no cuenta para el límite estatutario, lo que le permite postular nuevamente en 2027. Esa interpretación podrá ser defendida por abogados y reglamentos, pero políticamente deja un mensaje peligroso. Cuando las reglas empiezan a interpretarse de manera conveniente para que el poder continúe, la alternancia pierde sentido y la democracia interna se convierte en una ceremonia administrada desde arriba. Todo parece formal, todo parece ordenado, pero el resultado es el mismo: el poder se queda.

El mecanismo de Infantino es evidente y eficaz. Amplió el Mundial a 48 selecciones, impulsó el nuevo Mundial de Clubes, promovió más competiciones, prometió más recursos y fortaleció los programas de financiamiento para las 211 asociaciones miembro. A primera vista, se trata de democratizar el fútbol. Pero también puede leerse de otra manera: a más países dentro del negocio, más federaciones agradecidas; a más dinero distribuido, más respaldos electorales; a más cupos y torneos, más dependencia política alrededor de la FIFA.

Ese es el punto más delicado. El dinero puede desarrollar, pero también puede disciplinar. Puede financiar canchas, academias y programas juveniles, pero también puede construir lealtades silenciosas. Cuando quien reparte recursos es también quien busca votos, la frontera entre gestión y clientelismo institucional se vuelve peligrosamente delgada. Y en el fútbol mundial, donde muchas federaciones dependen de los fondos de FIFA, esa relación de poder merece vigilancia constante.

Infantino puede exhibir ingresos récord, mayor presencia global y una FIFA económicamente fortalecida. Pero el éxito financiero no puede convertirse en coartada para la permanencia indefinida. El fútbol no debe confundirse con una empresa privada ni con una plataforma personal de influencia. Las instituciones sanas necesitan renovación, contrapesos y liderazgos que entiendan cuándo dar un paso al costado.

La eventual reelección de Infantino no debe analizarse como un simple trámite administrativo. Debe observarse como parte de un modelo donde el fútbol global crece, factura, reparte beneficios y concentra poder al mismo tiempo. Y cuando el poder se queda demasiado tiempo, los controles se debilitan, la crítica se incomoda y la transparencia empieza a depender de la voluntad del propio dirigente.

Reflexión final
Las reelecciones prolongadas siempre son peligrosas: acumulan influencia, reducen alternancia y abren espacio a la opacidad. Infantino no debería confundir respaldo con cheque en blanco. La FIFA no necesita un dueño con mandato renovable; necesita transparencia, límites claros y respeto por el fútbol que dice representar. Porque el fútbol pertenece al mundo, no a quienes aprendieron a gobernarlo desde la comodidad del poder. (Foto composición: lacajanegra.blog).

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