El Perú se encamina a una segunda vuelta marcada más por el miedo que por la esperanza. A diferencia de otros momentos electorales donde las campañas despertaban expectativas o ilusión de cambio, hoy el ambiente nacional está dominado por la incertidumbre, el rechazo y la desconfianza. Millones de peruanos no sienten que elegirán convencidos; sienten que votarán resignados, tratando de evitar el escenario que consideran más peligroso.
La democracia peruana atraviesa así una de sus etapas más frágiles emocionalmente. No solo por la polarización política, sino porque el país llega golpeado por una combinación explosiva de pobreza, inseguridad, crisis institucional y desgaste social acumulado.
La pobreza todavía afecta a más de 8,8 millones de peruanos. La criminalidad y las extorsiones avanzan mientras los estados de emergencia se prolongan sin resultados contundentes. Las instituciones electorales terminaron seriamente cuestionadas tras retrasos, denuncias, pérdida de material electoral y acusaciones cruzadas entre actores políticos.
A ello se suma un escenario electoral donde los principales candidatos arrastran altos niveles de antivoto. Las encuestas muestran una ciudadanía dividida, desconfiada y emocionalmente agotada. El problema ya no es únicamente quién puede ganar, sino cuánto respaldo real tendrá quien finalmente gobierne.
El Perú parece haber entrado en una peligrosa normalización del miedo político. Se vota con temor a la crisis económica, miedo al autoritarismo, miedo a la corrupción, miedo al caos o miedo a repetir errores del pasado. Y cuando una democracia funciona principalmente sobre el miedo, pierde capacidad de construir consensos y confianza.
Lo más preocupante es que el debate público ha dejado de centrarse en soluciones estructurales. Mientras el país enfrenta pobreza, informalidad, inseguridad y deterioro institucional, gran parte de la discusión gira alrededor del rechazo mutuo, ataques políticos y discursos cada vez más radicalizados.
La segunda vuelta debería ser el espacio para discutir cómo recuperar crecimiento, empleo, seguridad, educación y estabilidad democrática. Sin embargo, el Perú llega atrapado en un clima emocional donde domina la sensación de que cualquier resultado traerá conflicto.
Desde esta tribuna, la advertencia es clara: el país no puede seguir acostumbrándose a votar bajo resignación. Una democracia sana no obliga a sus ciudadanos a elegir entre temores. La política no puede reducirse permanentemente al “mal menor”.
La responsabilidad no recae solo en los candidatos. También alcanza a una clase política que durante años destruyó confianza institucional, promovió confrontación permanente y convirtió la gestión pública en un espacio de improvisación y cálculo electoral.
La ciudadanía merece propuestas serias, transparencia y liderazgo responsable. Merece una campaña donde se discutan soluciones concretas y no únicamente enemigos políticos.
El Perú llega a esta segunda vuelta dividido, cansado y desconfiado. Esa es la verdadera crisis nacional. No solo la económica o la institucional, sino la emocional: un país que ya no vota con ilusión, sino con preocupación.
Porque cuando millones de ciudadanos sienten que votan más para evitar una amenaza que para respaldar un proyecto de futuro, la democracia deja de inspirar confianza y empieza a reflejar desesperanza. Y ninguna nación puede construir estabilidad duradera sobre el miedo y la resignación.
