Cuando fracasan la Sub-15 y Sub-17, no hay futuro ni milagros

Cuando fracasan la Sub-15, la Sub-17 y la Sub-20, el problema ya no puede llamarse mala suerte, tropiezo generacional o mala tarde futbolística. Es crisis. Es ausencia de futuro. Es la señal más clara de que el fútbol peruano dejó de producir jugadores para la alta competencia. Una selección mayor no nace de la nostalgia ni de discursos patrióticos: nace de divisiones menores fuertes, torneos juveniles exigentes, clubes formadores y planificación seria. Sin esa base, cualquier éxito será una excepción, nunca una consecuencia.

Rusia 2018 fue una alegría enorme, pero no fue el resultado de un sistema exitoso. Fue el “milagro” de una generación madura, bien conducida por Ricardo Gareca, con jugadores como Guerrero, Farfán, Carrillo y Cueva en un pico competitivo excepcional. También fue la consecuencia de soluciones externas, como Lapadula, formado lejos del sistema peruano. Fue mérito deportivo, sí, pero no modelo sostenible. El país confundió una clasificación histórica con una estructura saludable. Y ese autoengaño hoy se paga caro.

El problema apareció cuando esa generación envejeció. No hubo recambio. Los futbolistas que debían tomar la posta venían justamente de categorías menores golpeadas, mal trabajadas y con pobres resultados internacionales. Ahí se entiende la gravedad: las selecciones juveniles no son decorado, son la fábrica natural de la selección absoluta. Si allí no hay talento competitivo, mañana no habrá selección fuerte.

El fracaso de menores y juveniles ya dio un golpe durísimo: la selección mayor está penúltima en Sudamérica, y eso es real. No es una percepción pesimista ni una exageración crítica. Es el reflejo directo de años sin siembra. Si no formaste ayer, hoy no tendrás cosecha. Así de duro y puro. El fútbol no perdona la improvisación prolongada.

A eso se suma otro dato lapidario: el Perú no tiene un solo jugador consolidado dentro de las diez ligas más importantes de Europa. Ese indicador habla más que cualquier discurso dirigencial. Mientras países vecinos exportan adolescentes y jóvenes a mercados competitivos, el Perú sigue atrapado entre la nostalgia, el torneo local de baja intensidad y la esperanza de encontrar salvadores ocasionales. Si no hay presencia internacional de alto nivel, no hay roce, no hay evolución y no hay futuro competitivo inmediato.

La Liga 1 no exige suficiente formación real. La Liga 2 sobrevive con precariedades. Los torneos de menores siguen centralizados, débiles o mal gestionados. Muchos clubes aún miran las divisiones menores como gasto, no como inversión. Después, cuando la selección mayor no compite, aparecen los lamentos de siempre, como si el fracaso hubiera caído del cielo.

Y frente a esa crisis, el fútbol peruano responde con atajos: jugar en altura, buscar jugadores con raíces peruanas en el extranjero o esperar otra generación espontánea. Eso puede ayudar parcialmente, pero no reemplaza un proceso. No se construye futuro revisando partidas de nacimiento ni cambiando de sede. Se construye formando niños, profesionalizando entrenadores, invirtiendo en infraestructura, descentralizando el scouting y compitiendo desde abajo.

Cuando fracasan la Sub-15, la Sub-17 y la Sub-20, no hay milagros que alcancen. Hay una alerta estructural. El Perú necesita un Plan Nacional de Desarrollo del Fútbol al 2040, con metas, presupuesto, academias regionales, ciencia deportiva, entrenadores capacitados y obligación real de formar.

Reflexión final
El futuro del fútbol peruano no se improvisa en la selección mayor. Se construye muchos años antes. Si el país no forma hoy, no competirá mañana. Y si seguimos esperando milagros, lo único seguro será otra frustración. (Foto: lacajanegra.blog).

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