La segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez ha dejado al país frente a una pregunta incómoda: ¿elegir a uno de los dos o viciar el voto? Entre ambos candidatos apenas sumaron 4.892.792 votos frente a un universo de más de 27 millones de electores. Esa cifra revela una verdad que incomoda a los comandos de campaña: ninguno llega con un mandato ciudadano contundente. Llegan, más bien, empujados por la fragmentación, el antivoto, las fallas electorales y una población que mira la cédula con más desconfianza que ilusión.
El voto viciado empieza a tomar fuerza porque muchos ciudadanos sienten que esta segunda vuelta no ofrece una salida, sino una encerrona. Keiko Fujimori arrastra un rechazo histórico que no desaparece con llamados a la unidad. Roberto Sánchez, por su parte, despierta dudas por sus alianzas, sus propuestas y las investigaciones que lo rodean. Así, el elector vuelve a quedar atrapado en el viejo chantaje del “mal menor”, esa fórmula que ha servido para justificar gobiernos débiles, crisis repetidas y decepciones anticipadas.
A ello se suman los problemas atribuidos al proceso electoral, las críticas contra la ONPE y el Jurado Nacional de Elecciones, las demoras, las denuncias y una sensación extendida de desconfianza institucional. En ese clima, el voto blanco, nulo o viciado ya no aparece como apatía, sino como una respuesta política: “ninguno de los dos”.
Además, esta postura tiene sustento legal. El artículo 184 de la Constitución establece que el Jurado Nacional de Elecciones declara la nulidad de un proceso electoral cuando los votos nulos o en blanco, sumados o separadamente, superan los dos tercios del número de votos emitidos. La Ley Orgánica de Elecciones también contempla causales de nulidad y señala que, declarada la nulidad total, deben convocarse nuevas elecciones en un plazo no mayor de 90 días. Por eso, quienes impulsan esta corriente tienen un objetivo claro: alcanzar el umbral legal para abrir paso a una nueva elección presidencial.
Viciar el voto no significa lavarse las manos. Puede ser, en este contexto, una forma legítima de protesta democrática. El ciudadano no está obligado moralmente a respaldar opciones que considera peligrosas, insuficientes o incapaces de representar al país.
Reflexión final
El Perú está cansado de votar con miedo, de elegir por descarte y de aceptar como destino una política que no se renueva. Si el voto viciado crece, no será por irresponsabilidad ciudadana, sino por agotamiento democrático. Porque votar no siempre significa escoger a alguien. A veces, votar también significa decir basta. (Foto: lacajanegra.blog).
