La historia tiene una peligrosa costumbre en el Perú: repetir sus tragedias cuando las lecciones no son aprendidas. La reciente alerta del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) sobre la alta probabilidad de un fenómeno de El Niño desde noviembre de 2026 debería encender todas las alarmas nacionales. No se trata de una predicción lejana ni de una posibilidad remota. Se trata de una advertencia técnica que recuerda uno de los episodios más devastadores que sufrió el país en las últimas décadas y que pone nuevamente a prueba la capacidad de reacción del Estado.
Los informes científicos indican que existe un 63% de probabilidad de que el fenómeno se desarrolle en el litoral norte peruano y ecuatoriano. Las lluvias intensas previstas para finales de este año podrían extenderse hasta el verano de 2027, generando inundaciones, desbordes de ríos, aniegos urbanos y severos daños a la infraestructura pública y privada.
La pregunta de fondo no es si lloverá. La verdadera interrogante es si las autoridades han aprendido algo desde el desastre de 2017.
Cada vez que el país enfrenta una emergencia climática, se repite el mismo libreto: advertencias tempranas, promesas de prevención, anuncios de inversiones y reuniones de coordinación. Sin embargo, cuando llegan las lluvias, aparecen nuevamente carreteras colapsadas, puentes destruidos, sistemas de drenaje insuficientes y miles de familias abandonadas a su suerte. El problema no es la falta de información. El problema es la ausencia de planificación sostenida y de una gestión pública capaz de convertir las alertas en acciones concretas.
Piura continúa siendo una de las regiones más vulnerables. Sectores como Catacaos y el Bajo Piura siguen expuestos a inundaciones que podrían repetirse con consecuencias similares o incluso mayores. Esta realidad revela una verdad incómoda: el país sigue reaccionando a las emergencias en lugar de anticiparse a ellas.
La prevención rara vez genera titulares políticos, pero salva vidas. Limpiar cauces, reforzar defensas ribereñas, mejorar drenajes pluviales, fiscalizar construcciones en zonas de riesgo y fortalecer los sistemas de alerta temprana deberían ser prioridades nacionales. Sin embargo, muchas veces estas acciones quedan atrapadas entre la burocracia, la improvisación y la falta de continuidad en la gestión pública.
La alerta del Senamhi representa una oportunidad para actuar antes de que la naturaleza vuelva a recordarnos nuestras debilidades estructurales. El tiempo para prevenir es ahora, no cuando las aguas ya hayan desbordado ciudades y carreteras.
Reflexión final
El fenómeno de El Niño no puede evitarse. Lo que sí puede evitarse es que la negligencia, la indiferencia y la falta de previsión multipliquen sus consecuencias. La verdadera emergencia no son las lluvias que podrían llegar en 2026; la verdadera emergencia sería que, después de todo lo vivido, el Perú vuelva a llegar impreparado a una tragedia anunciada. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
