¿Quién fiscaliza realmente a la FIFA y a las confederaciones?

En el fútbol, los jugadores son sancionados por una falta, los árbitros son evaluados partido tras partido y los clubes deben rendir cuentas por sus finanzas. Pero cuando las dudas recaen sobre quienes gobiernan el deporte más popular del planeta, la pregunta sigue sin encontrar una respuesta convincente: ¿quién fiscaliza realmente a la FIFA y a las confederaciones continentales?

El fútbol mueve miles de millones de dólares, influye en gobiernos, transforma economías y despierta pasiones en todos los continentes. Sin embargo, el poder que administran sus dirigentes parece crecer con mayor rapidez que los mecanismos destinados a supervisarlos.

El escándalo del FIFAGate, que remeció al mundo en 2015, demostró que ninguna institución es inmune a la corrupción cuando el poder permanece durante demasiado tiempo sin controles efectivos. Aquella investigación terminó con decenas de dirigentes procesados, condenados o inhabilitados y prometía inaugurar una nueva era de transparencia. Más de una década después, la promesa sigue siendo objeto de debate.

En Sudamérica, varios dirigentes continúan afrontando investigaciones judiciales o denuncias éticas. Agustín Lozano, presidente de la Federación Peruana de Fútbol, es investigado por el Ministerio Público en el caso conocido como «Los Galácticos», donde se le atribuyen presuntos delitos de organización criminal, lavado de activos, fraude en la administración y corrupción privada. Claudio «Chiqui» Tapia, presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, afronta investigaciones por presuntas irregularidades económicas, uso de facturas falsas, presunto lavado de activos y la supuesta reventa ilegal de entradas mundialistas. Alejandro Domínguez, presidente de la CONMEBOL y vicepresidente de la FIFA, fue objeto de una denuncia presentada ante el Comité de Ética de la FIFA por presuntas irregularidades relacionadas con fondos recuperados tras el FIFAGate. En Brasil, Ednaldo Rodrigues enfrentó procesos judiciales vinculados con la legalidad de su permanencia al frente de la CBF, mientras que Pablo Milad, presidente de la ANFP de Chile, comparece en investigaciones relacionadas con contratos de patrocinio de plataformas de apuestas deportivas.

Todos ellos mantienen el derecho constitucional a la presunción de inocencia y será la justicia la que determine responsabilidades. Pero el hecho de que tantas investigaciones alcancen a las principales autoridades del fútbol sudamericano revela un problema institucional que no puede ser minimizado.

La paradoja resulta evidente. La FIFA exige transparencia financiera, impone estrictos códigos disciplinarios, fiscaliza transferencias, controla licencias, sanciona clubes y federaciones e incluso supervisa el uso de sus marcas comerciales en cualquier parte del mundo. Sin embargo, cuando las preguntas apuntan hacia sus propias estructuras de poder, la supervisión continúa dependiendo, en gran medida, de organismos internos cuya independencia suele ser cuestionada.

Ninguna organización que administre recursos multimillonarios debería depender exclusivamente de mecanismos de autocontrol. La buena gobernanza exige auditorías externas independientes, límites a la reelección indefinida, publicación detallada de contratos relevantes, rendición periódica de cuentas y organismos verdaderamente autónomos capaces de fiscalizar a quienes toman las decisiones.

El problema no radica únicamente en los dirigentes investigados. El verdadero desafío consiste en construir instituciones donde la transparencia no dependa de la voluntad de sus autoridades, sino de sistemas sólidos de control.

La confianza no se impone mediante reglamentos; se construye con supervisión permanente y rendición de cuentas.

Reflexión final
El fútbol pertenece a millones de aficionados, no a un reducido grupo de administradores. Quienes gobiernan este deporte deberían estar sometidos a estándares de transparencia incluso más rigurosos que cualquier otra organización privada. Porque cuando el poder deja de ser fiscalizado, el riesgo no solo es la pérdida de credibilidad institucional; también es que el juego más hermoso del mundo termine administrado con reglas distintas a las que exige dentro de la cancha. Mientras esa reforma no llegue, la pregunta seguirá vigente: ¿quién vigila realmente a quienes gobiernan el fútbol mundial? (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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