Mundial 2026: el fútbol brilló, pero la FIFA lo ensució

La final del Mundial 2026 encuentra a España y Argentina listas para disputar la gloria, pero también deja a la FIFA sentada en el banquillo de los cuestionamientos. Esta Copa del Mundo no será recordada solo por sus goles, sus estadios repletos o sus selecciones revelación. Será recordada, sobre todo, como el torneo en el que el negocio volvió a empujar al fútbol contra la pared. La expansión a 48 selecciones fue presentada como una señal de inclusión, pero en los hechos terminó mostrando otra realidad: más partidos, más facturación, más tensiones y una sensación cada vez más intensa de que la pelota ya no manda; manda la caja.

La FIFA podrá exhibir récords de asistencia, audiencias planetarias y una final entre dos potencias históricas. Pero detrás del brillo del espectáculo quedaron grietas complejas de disimular. Desde el sorteo, salpicado por cuestionamientos debido al reacomodo de Argentina de un grupo a otro, el torneo empezó bajo una nube de sospecha. Tal vez la FIFA tenga explicaciones técnicas, pero cuando millones de hinchas sienten que algo no fue transparente, el daño ya está consumado. En el fútbol, la confianza es tan crucial como el reglamento.

Luego llegó el golpe al aficionado común. Entradas carísimas, precios dinámicos y una final convertida en producto de lujo confirmaron que la Copa del Mundo se aleja cada vez más de su raíz popular. El torneo que alguna vez fue fiesta de multitudes hoy parece diseñado para turistas premium, marcas, celebridades y zonas exclusivas. El hincha de tribuna, el que sostiene al fútbol con pasión real, terminó siendo desplazado por un modelo que privilegia la billetera antes que la pertenencia.

En lo deportivo, el Mundial sí dejó postales valiosas. Cabo Verde compitió con dignidad, Noruega deslumbró con personalidad, Suiza sostuvo una campaña respetable, y Marruecos y Paraguay demostraron que las jerarquías tradicionales ya no son intocables. Ese crecimiento competitivo debió haber sido la destacada noticia del torneo. Sin embargo, la FIFA permitió que las polémicas arbitrales, el uso confuso del VAR, las pausas comerciales y las decisiones discutidas terminaran robándole protagonismo al juego.

El episodio de Folarin Balogun fue quizá el emblema más delicado de este Mundial. La admisión pública de Donald Trump, al reconocer que llamó a Gianni Infantino para revisar la expulsión del delantero estadounidense, desató una oleada de preocupación. Una decisión deportiva no puede quedar bajo la sombra de una llamada política. La FIFA insiste en hablar de independencia institucional, pero la independencia no se proclama: se demuestra. Y en este Mundial, demasiadas veces, pareció que la política y el negocio entraban por la puerta principal mientras el fútbol esperaba afuera.

A ello se sumaron disturbios, denuncias de discriminación, tensiones diplomáticas, episodios de racismo y una organización más concentrada en contener el relato que en responder con transparencia. Cuando un Mundial necesita tantos comunicados, tantas defensas y tantas aclaraciones, el problema ya no es circunstancial: es estructural.

El Mundial 2026 deja partidos memorables, selecciones emergentes y una final de enorme atractivo. Pero también deja una advertencia severa: la FIFA ha convertido la Copa del Mundo en una maquinaria gigantesca donde el espectáculo amenaza con devorar al deporte. Más grande no a menudo significa mejor. Más rentable no significa más justo. Y más mediático no significa más limpio.

Reflexión final
Ojalá España y Argentina regalen una final a la altura de la historia. Pero, pase lo que pase en la cancha, la FIFA ya perdió su partido más crucial: el de la credibilidad. Cuando el fútbol se llena de sospechas, precios imposibles, presiones políticas y decisiones opacas, la pelota sigue rodando, sí, pero el alma del juego queda herida. Y esa herida no se cura levantando una copa. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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