El Fenómeno El Niño vuelve a colocarse como una amenaza seria para el Perú, no solo por las lluvias, inundaciones y huaicos que podría provocar, sino por el enorme costo económico que puede dejar en un país que todavía confunde prevención con reacción tardía. El riesgo climático 2026-2027 ya tiene rostro conocido: agricultura expuesta, pesca golpeada, infraestructura vulnerable, carreteras frágiles, viviendas en zonas de peligro y obras de prevención que avanzan al ritmo cansado de la burocracia.
Cada vez que El Niño asoma, el país repite el mismo ritual: alertas técnicas, declaraciones de emergencia, visitas de autoridades, anuncios solemnes y promesas de intervención inmediata. Luego llegan las lluvias, los ríos crecen, las quebradas se activan, los cultivos se pierden y las familias más pobres vuelven a cargar sobre sus hombros el peso de una prevención que nunca llegó completa. No es falta de advertencias. Es falta de decisión, continuidad y vergüenza pública.
Los daños podrían ser millonarios porque El Niño golpea donde más duele: en la economía real. La agricultura puede perder hectáreas enteras por inundaciones o deslizamientos. La pesca puede verse afectada por el calentamiento del mar y el desplazamiento de especies como la anchoveta. La industria vinculada a productos pesqueros puede frenarse. El transporte puede quedar interrumpido por carreteras destruidas. Los colegios, centros de salud y mercados pueden convertirse en símbolos de abandono cuando el agua entra antes que el Estado.
La infraestructura vulnerable es el resumen perfecto de nuestra fragilidad. Puentes que no resisten, drenajes insuficientes, defensas ribereñas incompletas, cauces sin limpiar, quebradas ocupadas, viviendas levantadas donde nunca debieron estar y municipios que no tienen capacidad técnica ni recursos suficientes para responder. El Niño no inventa el desastre; lo encuentra preparado por años de informalidad, improvisación y desorden territorial.
Lo más indignante es que el Perú ya conoce esta historia. Los eventos anteriores dejaron lecciones dolorosas, pero la memoria estatal parece tener fecha de vencimiento. Se crean planes, se aprueban presupuestos, se anuncian obras y, sin embargo, demasiadas intervenciones siguen pendientes cuando el peligro ya está encima. La naturaleza no espera expedientes. La lluvia no respeta cronogramas. El río no se detiene porque una obra esté “en proceso”.
El Niño exige una respuesta integral y urgente: prevención real, fiscalización del gasto, limpieza de cauces, protección de zonas agrícolas, reforzamiento de infraestructura crítica, rutas de evacuación y coordinación efectiva entre Gobierno nacional, regiones y municipios. No basta declarar emergencias si la ejecución sigue atrapada en papeles.
Reflexión final
El Perú no puede seguir pagando con pérdidas millonarias lo que pudo evitar con planificación. Cuando El Niño golpee, no bastará culpar al clima. También habrá que mirar a quienes tuvieron tiempo, presupuesto y advertencias, pero dejaron las obras pendientes. Porque el desastre natural puede empezar en el cielo, pero muchas tragedias se construyen desde la indiferencia del poder. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
