Gianni Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en 2016 presentándose como el dirigente capaz de reconstruir una institución golpeada por investigaciones, arrestos, escándalos de corrupción y una crisis profunda de credibilidad. Diez años después, aquella promesa merece una revisión bastante menos complaciente. La FIFA es hoy más rica, organiza más torneos, distribuye más dinero y controla una porción todavía mayor del negocio mundial. Pero también enfrenta cuestionamientos crecientes por concentración de poder, falta de consulta, expansión comercial permanente y una gobernanza que vuelve a colocar la palabra confianza en el centro de la discusión.
Infantino no heredó simplemente una organización poderosa. Convirtió a la FIFA en una maquinaria económica y política de una escala inédita.
Abogado suizo nacido en 1970, hizo carrera en la UEFA hasta convertirse en secretario general. Allí adquirió experiencia en reglamentos, derechos audiovisuales, organización de competiciones y negociación política. Esa combinación explica buena parte de su éxito posterior: Infantino entendió muy pronto que el fútbol moderno se gobierna desde el campo, pero se controla desde los contratos, los calendarios y la distribución del dinero.
Fue elegido presidente el 26 de febrero de 2016, tras el derrumbe de la era Joseph Blatter. Prometió transparencia, reformas, límites de mandato, mayor participación de las federaciones y una FIFA alejada de las prácticas que habían destruido su reputación. Paradójicamente, hoy sus principales adversarios cuestionan precisamente esas materias.
Su gestión tiene logros evidentes. FIFA Forward aumentó significativamente los recursos para las 211 asociaciones miembro y permitió financiar infraestructura, academias, torneos locales y programas de desarrollo. Para federaciones pequeñas, esos fondos significaron capacidad operativa real. Infantino entendió que distribuir dinero también fortalecía la presencia global de la FIFA.
El Mundial fue otra pieza central de su proyecto. Pasó de 32 a 48 selecciones y 104 partidos. La ampliación permitió mayor representación geográfica, nuevos debutantes y más recursos para las federaciones participantes. Pero cada expansión también significó más derechos televisivos, entradas, patrocinadores, mercados y control comercial.
Bajo Infantino, crecer parece haberse convertido en la respuesta automática a casi todo: más selecciones, más competiciones, más fechas, más partidos y, si prosperan nuevas propuestas, incluso un Mundial de 64 equipos. El fútbol dejó de preguntarse cuánto necesita crecer y empezó a discutir cuánto crecimiento puede soportar.
El Mundial 2026 mostró esa contradicción con claridad. Fue una extraordinaria operación logística en tres países y 16 ciudades, pero también recibió críticas por costos para los aficionados, distancias enormes, carga competitiva y una experiencia cada vez más condicionada por la capacidad económica del espectador.
A ello se sumaron controversias políticas y comerciales que erosionaron la imagen presidencial. Y el punto de quiebre llegó con FIFA Forward Enterprise, la iniciativa que pretendía incorporar capital privado a determinados derechos comerciales mundialistas. UEFA, Concacaf y AFC no hablaron simplemente de una mala comunicación: cuestionaron la falta de consulta, transparencia y criterio, y reclamaron una revisión independiente.
El proyecto fue retirado. Las dudas no.
Quien llegó prometiendo que nunca más habría una FIFA cerrada sobre sí misma terminó enfrentando acusaciones de impulsar una transformación histórica desde círculos reducidos y con escaso escrutinio.
Infantino fortaleció financieramente a la FIFA, amplió la representación internacional y convirtió sus competiciones en productos de enorme rentabilidad global. Ese es su principal mérito.
Pero también consolidó una organización donde más dinero significa más capacidad para condicionar calendarios, federaciones y alianzas. La frontera entre desarrollo y dependencia se volvió peligrosamente estrecha.
Reflexión final
El legado de Infantino no debería medirse únicamente por los miles de millones facturados, las nuevas selecciones mundialistas o los proyectos financiados. También deberá evaluarse por cuánta independencia conservaron las asociaciones, cuántos contrapesos reales existieron y qué precio institucional pagó el fútbol por semejante expansión.
Infantino llegó para cerrar la etapa Blatter y devolver credibilidad a la FIFA. Diez años después, tres grandes confederaciones vuelven a cuestionar cómo se ejerce el poder en Zúrich.
La ironía es difícil de ignorar: el dirigente que llegó prometiendo reformar la FIFA puede terminar siendo recordado por haber perfeccionado aquello que debía limitar: una presidencia cada vez más poderosa, una organización cada vez más rica y un fútbol cada vez más condicionado por el negocio. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
