¿Está el Perú realmente preparado para resistir un gran terremoto?

El Perú vive sobre una geografía sísmica que no admite improvisaciones. Sabemos que un gran terremoto no es una posibilidad remota, sino una amenaza permanente. Sin embargo, durante años, sucesivos gobiernos han confundido prevención con simulacros, planificación con comunicados y preparación con ceremonias institucionales. Mientras se ensayan evacuaciones durante algunos minutos, continúa pendiente la pregunta verdaderamente incómoda: ¿existe hoy un plan nacional de contingencia y mitigación capaz de responder a una catástrofe de gran magnitud?

La respuesta, a la vista de las debilidades acumuladas del Estado, genera más preocupación que tranquilidad.

Las administraciones de Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y José Balcázar tuvieron la responsabilidad de fortalecer una política nacional de prevención ante fenómenos naturales. Sin embargo, el país continúa exhibiendo brechas profundas en salud, rescate, infraestructura, logística y capacidad de reacción.

Ahora esa responsabilidad recae sobre el Gobierno de Keiko Fujimori. No bastará con convocar simulacros, repartir mochilas de emergencia o publicar recomendaciones ciudadanas. Un terremoto severo pondría a prueba simultáneamente hospitales, carreteras, puentes, aeropuertos, comunicaciones, sistemas de agua, electricidad, seguridad y abastecimiento.

Y allí aparece la gran vulnerabilidad: demasiados servicios públicos ya funcionan al límite en condiciones normales.

El sistema hospitalario sería uno de los primeros puntos críticos. Muchos establecimientos enfrentan carencias de medicamentos, camas, especialistas, equipamiento e infraestructura. Si hoy existen dificultades para atender la demanda cotidiana, ¿qué ocurriría ante miles de heridos en cuestión de minutos?

La misma pregunta alcanza a los cuerpos de rescate. ¿Cuántos equipos especializados existen realmente? ¿Cuánta maquinaria pesada podría movilizarse inmediatamente? ¿Hay suficientes ambulancias, helicópteros y aeronaves operativas para trasladar víctimas desde zonas aisladas? ¿Dónde están las reservas de agua, alimentos, combustible, medicamentos y hospitales de campaña?

Un plan de contingencia serio no puede responder estas preguntas con generalidades.

El problema se agrava por la forma en que han crecido Lima y otras ciudades: viviendas informales, construcciones sin supervisión técnica, laderas ocupadas, calles estrechas y zonas donde incluso una ambulancia tendría dificultades para ingresar. En una emergencia, estas deficiencias dejarían de ser problemas urbanos y se convertirían en amenazas directas para la vida.

Desde La Caja Negra sostenemos que el país necesita un Plan Nacional Integral de Contingencia y Mitigación ante Terremotos, público, auditado y con indicadores verificables.

Ese plan debe establecer cuántos hospitales permanecerían operativos, cuántas camas y medicamentos existen, qué maquinaria está disponible, cuántos rescatistas pueden movilizarse, qué aeronaves funcionan, dónde se ubican las reservas estratégicas y cuáles son las rutas de evacuación y abastecimiento.

La prevención no puede seguir siendo propaganda administrativa.

Reflexión final
Keiko Fujimori tiene la oportunidad de romper con años de improvisación. Pero si su Gobierno vuelve a limitarse a simulacros y comunicados, repetirá exactamente aquello que critica de sus antecesores.

Cuando llegue el próximo gran terremoto, no habrá tiempo para comisiones, diagnósticos ni conferencias de prensa. La tierra pondrá a prueba todo lo que el Estado hizo —y especialmente todo lo que dejó de hacer— durante décadas.

La verdadera tragedia no sería que el Perú sufra un terremoto. Sería que, sabiendo que llegará, vuelva a encontrar al país sin plan, sin capacidad y sin respuestas. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

Lo más nuevo

Artículos relacionados