El Perú vuelve a recibir una advertencia que ningún gobierno responsable debería archivar entre comunicados y ceremonias. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) proyecta un fortalecimiento extraordinario de El Niño global y, según la información proporcionada, existe un 69 % de probabilidad de que entre octubre y diciembre alcance niveles históricos, capaces de superar los significativos episodios registrados desde 1950.
No significa que el Perú vaya inevitablemente a sufrir lluvias devastadoras, inundaciones o huaicos. El Niño global no es equivalente al Niño costero y la propia NOAA advierte que intensidad no significa automáticamente desastre. Sin embargo, precisamente porque existe incertidumbre sobre los impactos, la obligación del Estado es prepararse para los escenarios más severos, no esperar a que aparezcan para improvisar.
Ahí comienza nuestro problema.
El meteorólogo Abraham Levy advierte que un Niño global de gran magnitud podría favorecer condiciones para un Niño costero intenso, un verano extremadamente cálido y escenarios adversos de lluvias en la costa norte, además de precipitaciones en valles y quebradas de la costa central y sur. También podrían presentarse déficits de lluvia en sierra y selva, con consecuencias para agricultura, ganadería, generación eléctrica y abastecimiento de agua.
¿Y cuál suele ser la respuesta peruana? Limpiar algunos cauces, anunciar presupuestos, instalar comisiones, realizar simulacros y esperar que el clima tenga consideración con nuestra burocracia.
Los gobiernos de Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y José Balcázar no consiguieron dejar al país con una capacidad preventiva que corresponda a su enorme exposición a desastres naturales. Ahora la responsabilidad política pertenece al gobierno de Keiko Fujimori. Mirar hacia atrás sirve para identificar errores; gobernar exige corregirlos.
La creación de una Comisión Nacional de Gestión de Riesgo del Fenómeno El Niño, formalizada mediante la Resolución Suprema N.º 256-2026-PCM, puede ser un comienzo. Pero el Perú tiene suficientes comisiones. Lo que necesita son resultados medibles.
La presidenta debería impulsar un Plan Nacional Integral de Prevención, Mitigación y Respuesta ante Desastres Naturales, con presupuesto multianual, responsables identificables, cronogramas públicos y fiscalización permanente.
Hay que intervenir ríos y quebradas antes de las lluvias; reconstruir defensas ribereñas; identificar puentes vulnerables; disponer maquinaria pesada estratégicamente; asegurar hospitales, medicamentos y plantas eléctricas; establecer reservas de agua y alimentos; preparar rutas alternativas; fortalecer bomberos y brigadas de rescate; y garantizar comunicaciones cuando las redes convencionales colapsen.
Eso es prevención. Lo demás puede convertirse en administración de la tragedia.
El Perú ya conoció El Niño de 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016. Cada episodio dejó lecciones suficientes para construir un Estado menos vulnerable. Si décadas después seguimos descubriendo quebradas sin protección, infraestructura frágil y poblaciones expuestas, entonces el problema no es solamente climático: es político y administrativo.
Reflexión final
Los fenómenos naturales no solicitan permiso al Consejo de Ministros ni esperan que termine una licitación. Llegan.
La NOAA ha encendido una señal de advertencia. El Gobierno todavía tiene tiempo para actuar. Si El Niño finalmente golpea con fuerza, nadie podrá decir que tomó al Perú por sorpresa. Esta vez la pregunta será mucho más incómoda: ¿qué hizo el Estado cuando todavía podía prevenir? (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
