El número tres de la FIFA, el francés Kevin Lamour, dejó la institución después de oponerse al proyecto abortado de Gianni Infantino para abrir parte del negocio del organismo a inversores privados. La salida no ocurre en un momento cualquiera: llega cuando la presidencia de Infantino atraviesa una de sus mayores crisis de confianza, con confederaciones enfrentadas, apoyos retirados y altos funcionarios internos cuestionando su manera de gobernar.
Lamour no era un crítico externo. Era parte del núcleo operativo de FIFA. Y precisamente por eso su salida pesa mucho más.
Desde 2024, Lamour ocupaba el cargo de director general de operaciones, con responsabilidades sobre áreas administrativas sensibles como asuntos jurídicos, comunicación y personal. Había trabajado antes en UEFA y conocía a Infantino desde mucho antes de que este llegara a la presidencia de FIFA.
Pero el punto de quiebre fue FIFA Forward Enterprise.
Lamour calificó la iniciativa como “el proyecto de una sola persona” y sostuvo que el personal de FIFA había sido engañado por la forma en que se manejó. También denunció un clima de “desprecio e intimidación” hacia empleados y afirmó que, si por decirlo perdía su cargo, lo aceptaría.
Semanas después, ya no estaba en FIFA.
La organización confirmó el fin de la relación laboral y agradeció sus servicios, pero evitó explicar públicamente por qué se produjo la salida. Esa ausencia de detalle alimenta una duda inevitable: ¿Lamour se fue por diferencias irreconciliables o terminó pagando el costo de cuestionar al presidente?
No existe evidencia pública concluyente para afirmar que fue despedido exclusivamente por enfrentarse a Infantino. Pero la secuencia resulta demasiado reveladora como para minimizarla. Carlos Cordeiro también había renunciado por desacuerdos con el proyecto, mientras otros altos cargos internos celebraron su retiro.
Cuando la resistencia ya aparece dentro de la propia estructura, el problema deja de ser una campaña externa.
Infantino puede sostener que FIFA sigue funcionando con normalidad. Pero una organización no atraviesa una situación normal cuando uno de sus principales ejecutivos denuncia la conducción presidencial y poco después deja su puesto.
La salida de Lamour profundiza una pregunta que FIFA todavía no responde con claridad: ¿existe espacio real para disentir dentro del organismo?
Reflexión final
Lamour advirtió que prefería perder el cargo antes que guardar silencio. Hoy ya no está. Eso convierte su caso en algo más que una renuncia o un despido: lo convierte en una señal.
Si quien cuestiona desde dentro termina fuera, el problema de FIFA ya no es solamente un proyecto fallido. Es una estructura donde la crítica puede tener un precio demasiado alto. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
