Panamericanos: ¿legado deportivo o nueva factura para el Perú?

Los Juegos Panamericanos Lima 2027 volverán a vendernos la postal perfecta: escenarios renovados, delegaciones extranjeras, ceremonias, discursos oficiales y una narrativa de modernidad que durante unas semanas hará parecer que el deporte peruano avanza a velocidad continental. El problema empieza cuando se apagan las luces. Porque el verdadero examen no es inaugurar bien, sino explicar qué quedará, cuánto costará mantenerlo y a quién servirá después. Si el legado termina reducido a infraestructura cara, contratos, presupuestos y recintos subutilizados, entonces el país no habrá ganado desarrollo deportivo: habrá comprado otra factura de largo plazo.

Lima 2019 demostró que el Perú puede organizar. Lo que no demostró con la misma contundencia es que pueda transformar esa capacidad organizativa en una política permanente de formación deportiva. Un escenario moderno no crea atletas, una piscina no produce nadadores y una pista de primer nivel no fabrica velocistas. El cemento no entrena, no alimenta, no detecta talento y no sustituye entrenadores. Sin programas sostenidos, competencias, ciencia aplicada, nutrición, salud y acceso masivo, cualquier infraestructura corre el riesgo de convertirse en un costoso monumento a la improvisación.

Y aquí está la inversión de prioridades que el país debería corregir de una vez: primero se forman niños deportistas y después se organizan grandes eventos internacionales. Esa debería ser la lógica elemental. Primero, escuelas deportivas, entrenadores capacitados, nutrición, medicina, psicología, tecnología, captación de talentos, competencias formativas y seguimiento de largo plazo. Después, cuando exista una base sólida y una generación preparada, tiene sentido montar la gran vitrina internacional. En el Perú, demasiadas veces, hacemos lo contrario: primero levantamos el escenario, encendemos las luces y convocamos a la prensa; luego preguntamos quiénes serán nuestros protagonistas.

Por eso Lima 2027 debería ser fiscalizada con lupa. ¿Cuánto se invertirá realmente en los deportistas y cuánto en organización? ¿Quién administrará las sedes después? ¿Cuál será el costo anual de mantenimiento? ¿Qué programas de base funcionarán allí? ¿Qué regiones se beneficiarán? ¿Cuántos niños entrarán al sistema gracias a estos Juegos? Si esas respuestas no están claras, la palabra “legado” puede terminar siendo apenas una etiqueta elegante para justificar gasto público.

El peligro es conocido: el evento produce titulares, la inauguración produce aplausos y la obra produce fotografías. La formación de un atleta tarda diez o quince años y no ofrece rédito político inmediato. Ese desequilibrio explica por qué en el Perú es más fácil conseguir millones para organizar una fiesta que sostener durante décadas una política nacional de deporte.

Lima 2027 puede ser una oportunidad, pero también puede convertirse en otra demostración de que sabemos organizar eventos mejor de lo que sabemos construir deportistas. El éxito no debería medirse por la ceremonia de clausura, sino por lo que ocurra cinco o diez años después.

Reflexión final
Un legado verdadero se usa, produce talento y mejora el sistema. Una factura, en cambio, solo se paga. Si después de Lima 2027 quedan escenarios costosos, presupuestos permanentes y pocos nuevos atletas, no habrá legado: habrá deuda, mantenimiento y una nueva foto para el archivo.

El Perú no necesita otra fiesta deportiva impecable. Necesita recordar el orden correcto: primero formar niños, después organizar eventos. Solo así la fiesta tendrá sentido y el legado dejará de ser una promesa para convertirse en futuro. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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