En el Perú, combatir la anemia infantil parece reducirse a repetir una receta: sangrecita, hígado, pescado, huevos, menestras y verduras. El consejo es útil, pero resulta insuficiente cuando se dirige a familias que calculan cada moneda antes de llegar al mercado. Es cómodo enseñar qué debe contener el plato; lo difícil es garantizar que ese plato exista. La anemia no es solamente una deficiencia de hierro: también es el retrato de un país que ofrece recomendaciones más rápido de lo que ofrece oportunidades.
Los alimentos de origen animal —sangrecita, bazo, hígado, bofe, corazón, carnes y pescados oscuros— aportan hierro de mejor absorción. El Minsa recomienda incorporarlos desde los seis meses como parte de una alimentación complementaria adecuada. Las menestras y verduras también contribuyen, especialmente cuando se acompañan con vitamina C presente en cítricos, tomate, papaya, pimiento o camu camu.
Pero ningún alimento es una solución milagrosa. Presentar la sangrecita como respuesta universal puede ser tan simplista como culpar a las madres por no preparar correctamente lo que muchas veces no pueden comprar. La alimentación saludable exige dinero, tiempo, agua segura, refrigeración, información y productos disponibles. No se cocina una política nutricional con folletos.
También existe una desigualdad que las campañas suelen esconder detrás de platos bien fotografiados. En la costa puede encontrarse pescado; en la sierra, vísceras, menestras y granos andinos; en la Amazonía, especies locales. Sin embargo, muchas recomendaciones públicas ignoran precios, distancias, costumbres y mercados regionales. Se diseña una dieta ideal desde una oficina y se culpa al hogar cuando la realidad no obedece.
Más grave aún es confundir prevención con tratamiento. Un niño con anemia diagnosticada no debe ser atendido únicamente con recetas caseras. Necesita evaluación profesional, controles de hemoglobina, seguimiento y suplementación terapéutica cuando corresponda. Las normas sanitarias contemplan hierro preventivo o terapéutico indicado por personal capacitado. Reemplazar el tratamiento por un plato de lentejas no es austeridad: es poner en riesgo el desarrollo infantil.
El Estado debe garantizar tamizajes oportunos, suplementos disponibles, visitas domiciliarias, orientación adaptada a cada región y programas alimentarios que realmente cubran las necesidades infantiles. La responsabilidad familiar existe, pero no puede utilizarse como cortina para esconder la negligencia institucional.
Reflexión final
La anemia roba energía, aprendizaje y futuro sin hacer ruido. Mientras las autoridades reparten consejos y fotografías, miles de familias siguen administrando escasez. Un país no combate la anemia diciéndoles a los pobres qué deberían comer, sino asegurando que sus hijos puedan comerlo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
