¿Dónde está el plan contra la criminalidad que Keiko Fujimori ofreció durante la campaña electoral? La pregunta merece una respuesta presidencial, con objetivos, presupuesto y resultados. Pedir el voto prometiendo preparación obliga después a demostrarla. El país no puede descubrir que la seguridad ofrecida tenía más desarrollo en el discurso que en la ejecución. Mientras las familias necesitan protección, el Gobierno sigue debiendo explicaciones.
Fujimori anunció el Plan Escudo y reforzó la presencia policial y militar en empresas de transporte. Representantes del sector cuestionaron su eficacia. Corresponde mostrar qué consiguió y dónde falló. El nombre prometía protección; el balance debe acreditar cuánta. De lo contrario, “Escudo” termina siendo una palabra cómoda para cubrir las carencias de la gestión.
Ahora Lima y Callao tienen sesenta días adicionales de emergencia, sustentados en la persistencia de homicidios, sicariato y extorsión. El decreto puede renovar facultades; no renueva automáticamente la confianza. ¿Qué cambiará respecto del periodo anterior? Si la respuesta consiste en repetir el despliegue y esperar mejores resultados, corresponde exigir una justificación seria. La ciudadanía no puede vivir pendiente de la próxima prórroga.
En ese escenario, la presidenta viajó a El Salvador para reunirse con Bukele y conocer el CECOT. Aprender de otros países es legítimo. La contradicción política aparece cuando quien ofreció una estrategia propia todavía debe explicar cómo articula sus decisiones. La campaña no era una inscripción para comenzar a estudiar el problema después de ganar.
Una megacárcel tampoco reemplaza la investigación criminal. Los muros no siguen el dinero de las extorsiones, construyen expedientes ni protegen testigos. Eso requiere instituciones coordinadas, personal especializado y conducción política. Visitar instalaciones puede aportar información; convertirlas en respuesta universal sería una simplificación peligrosa.
Fujimori debe reunir a Policía, Fiscalía, justicia, sistema penitenciario y gobiernos locales alrededor de responsabilidades verificables. Allí se demuestra liderazgo: resolviendo obstáculos, evaluando funcionarios y corrigiendo medidas insuficientes. La firmeza ante las cámaras resulta bastante menos exigente.
La presidenta debe presentar el balance de lo ejecutado y explicar cómo cumple su oferta electoral. Si el plan existe, debe mostrar sus metas y avances. Sí necesita cambios, debe reconocerlos. Ningún viaje cancela esa obligación.
Reflexión final
La ciudadanía ya escuchó que Fujimori sabía cómo enfrentar el crimen. Ahora necesita comprobarlo. Buscar experiencias en Bukele puede ser útil; utilizar el viaje para aplazar las respuestas sería otra decepción. El liderazgo prometido debe aparecer antes de que llegue el siguiente comunicado de condolencias. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
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