La discusión sobre jugar en altura no solo debe centrarse en la sede, la estrategia o la ventaja deportiva. También debe mirar un tema más delicado: el uso de medicamentos para mitigar los efectos de la hipoxia. En el fútbol sudamericano, donde se compite en ciudades de gran altitud, algunos equipos recurren a fármacos para mejorar adaptación, oxigenación o síntomas del soroche. Pero la pregunta es inevitable: ¿estamos protegiendo al futbolista o empujándolo a una frontera peligrosa entre medicina, rendimiento y dopaje?.
El caso más conocido es el sildenafilo, popularmente asociado al Viagra. En altura puede actuar como vasodilatador pulmonar y favorecer el intercambio de oxígeno. No está prohibido actualmente por la Agencia Mundial Antidopaje, aunque ha sido observado por sus posibles efectos en rendimiento en altura. Eso no significa que deba usarse a la ligera. Puede causar cefaleas, mareos, taquicardia, visión borrosa y efectos cardiovasculares que, en un futbolista sometido a esfuerzo intenso, no son detalles menores.
Distinto es el caso de la acetazolamida, utilizada para prevenir el mal de altura. Aunque tiene uso médico, está prohibida en el deporte por ser considerada diurético y potencial agente enmascarante. La Agencia Mundial Antidopaje mantiene vigente su Lista de Sustancias Prohibidas 2026, y USADA advierte que la acetazolamida está prohibida y que no suele conceder autorizaciones terapéuticas preventivas para evitar el mal de altura cuando existen alternativas como planificación y aclimatación.
Aquí aparece el verdadero problema ético. Una cosa es usar medicina para cuidar la salud del jugador bajo supervisión profesional, y otra muy distinta es convertir el cuerpo del futbolista en laboratorio de urgencia para ganar un partido. El jugador no es una máquina de rendimiento ni una pieza descartable del espectáculo. En altura, el corazón trabaja más, la deshidratación aparece con mayor facilidad y cualquier fármaco mal administrado puede agravar riesgos físicos.
Además, el problema no es solo médico, sino deportivo y legal. Un error en la medicación puede terminar en suspensión por dopaje, sanciones al club y daño irreversible a la carrera del futbolista. Por eso, ningún cuerpo técnico serio debería improvisar con pastillas cuando lo que corresponde es planificación: aclimatación progresiva, hidratación, control médico, descanso, nutrición y entrenamiento adaptado.
La altura puede ser una condición legítima del fútbol sudamericano, pero enfrentarla con medicamentos sin criterio es una irresponsabilidad. La ciencia puede ayudar, sí, pero siempre dentro de la legalidad y con prioridad absoluta en la salud del jugador.
Reflexión final
El fútbol no puede normalizar que el rendimiento valga más que el cuerpo. Si para competir en altura se cruza la línea entre cuidado médico y ventaja artificial, el problema ya no está en los metros sobre el nivel del mar, sino en una cultura deportiva que sigue tratando al futbolista como instrumento antes que como ser humano. (Foto: Inkatrailbackpacker.com).
