Vancouver rechazó seguridad especial para Gianni Infantino

Vancouver hizo algo poco común frente a la FIFA: decirle no. La ciudad rechazó una petición del organismo para otorgar a Gianni Infantino una escolta motorizada especial durante el Congreso anual de la entidad, realizado el jueves 30 de abril de 2026. Según reportes en Canadá, el dispositivo solicitado habría permitido a su comitiva atravesar semáforos y circular con cierres de calles, un nivel de seguridad reservado para figuras de altísima relevancia internacional. El episodio parece menor, pero retrata una cultura de privilegio que crece alrededor del poder futbolístico.

La seguridad de cualquier autoridad debe ser tomada en serio. Nadie discute eso. Pero una cosa es garantizar protección razonable y otra muy distinta es pedir un trato casi ceremonial para un dirigente deportivo. La policía de Vancouver actuó con criterio al rechazar una solicitud que, según los reportes, estaba apenas un nivel por debajo de la otorgada al Papa y equiparable a la del presidente de Estados Unidos. El mensaje de la ciudad fue claro: seguridad sí; excesos, no.

Lo preocupante es lo que este pedido revela. La FIFA parece cada vez más cómoda en una burbuja de poder, lejos del hincha común y demasiado cerca de los símbolos de autoridad política. Mientras el Mundial 2026 acumula cuestionamientos por precios elevados, transporte costoso y una experiencia cada vez más inaccesible, su presidente solicitó un esquema de movilidad que alteraba la vida urbana para beneficio de una comitiva. La contradicción es evidente: se habla de fútbol para todos, pero se actúa desde una lógica de privilegio para pocos.

No es la primera vez que ocurre algo similar. En Nueva Zelanda, durante el Mundial Femenino 2023, una petición de escolta para Infantino también fue rechazada. Cuando los episodios se repiten, dejan de ser anécdotas y empiezan a parecer estilo de gestión. La FIFA, que debería proyectar sencillez, transparencia y cercanía, termina comunicando distancia, jerarquía y una preocupante desconexión con la normalidad democrática.

Vancouver hizo bien en poner límites. Las ciudades anfitrionas no deben convertirse en escenarios de trato preferencial desmedido para dirigentes deportivos. La FIFA organiza fútbol, no coronaciones. Y sus representantes deberían entender que la seguridad no puede confundirse con privilegio.

Reflexión final
El fútbol nació en la calle, en la tribuna y en la pasión popular. Pero algunos dirigentes parecen querer circular por encima de esa realidad, escoltados, aislados y protegidos del mundo común. Vancouver les recordó algo elemental: en democracia, incluso el poder del fútbol debe detenerse ante un semáforo. (Foto: Hoy Día.com.ar).

Lo más nuevo

Artículos relacionados