Las Elecciones 2026 han dejado una postal incómoda para la democracia peruana: diez posibles diputados podrían llegar a la Cámara de Diputados con menos de 3 mil votos. No es un detalle menor ni una simple curiosidad electoral. Es una señal de alerta sobre un sistema que, aunque legal, permite que algunos candidatos entren al Congreso más por el arrastre de sus partidos que por un respaldo ciudadano contundente. Dicho sin rodeos: la curul puede terminar pesando más que el voto.
Según la simulación del Instituto Aklla Perú, elaborada con el 90% de actas contabilizadas por la ONPE, Fuerza Popular y Juntos por el Perú concentran la mayoría de estos casos. Fuerza Popular, que proyecta 40 escaños, tendría cinco posibles diputados con votaciones menores a 3 mil votos: Ana Luisa Yuffra Lugo, por Loreto, con 890 votos; María Candelaria Ramos Rosales, por Tumbes, con 1.006 votos; Mery Eliana Infantes Castañeda, por Amazonas, con 1.181 votos; Kim Tami Muñoz Yurivilca, por Pasco, con 1.688 votos; y Liz Huli Mendoza Bernedo, por residentes en el extranjero, con 2.333 votos.
En Juntos por el Perú, que alcanzaría 31 escaños, figuran Haydee Celinda Poma Huamani, por Madre de Dios, con 1.522 votos; Pilar Sulca Castillo, por Ayacucho, con 1.943 votos; James Arturo Holguín Aguirre, también por Madre de Dios, con 2.130 votos; y Azucena Isla Rojas, por Loreto, con 2.302 votos. A ellos se suma Nery Rodolfo Fernández Nina, de Buen Gobierno, por Moquegua, con 1.430 votos.
Aquí no se trata de cuestionar nombres propios con ligereza ni de desconocer las reglas vigentes. El problema es más profundo: ¿cómo explicar a un ciudadano que alguien con 20 mil o 30 mil votos puede quedarse fuera, mientras otro con menos de 3 mil puede ingresar? La respuesta está en la cifra repartidora, la valla electoral y el voto preferencial. Primero se define cuántas curules obtiene cada partido; recién después se ordena a los candidatos dentro de la lista. Legalmente funciona. Políticamente incomoda.
Y debería incomodar. Porque la representación no puede reducirse a una operación matemática que el ciudadano común mira con desconcierto. Si una persona llega al Congreso con menos votos que muchas autoridades locales, la pregunta cae por su propio peso: ¿representa realmente a una comunidad o representa principalmente a la maquinaria que la empujó hasta la curul?.
El Congreso peruano ya arrastra una crisis de legitimidad, descrédito y distancia frente a la ciudadanía. Por eso, este tipo de resultados no ayuda a fortalecer la confianza pública. Al contrario, alimenta la sensación de que el Parlamento es una sala de reparto donde los partidos colocan fichas, aunque el respaldo directo sea mínimo.
El sistema electoral puede defenderse en nombre de la proporcionalidad y la gobernabilidad. Pero cuando produce representantes con votaciones tan bajas, también debe aceptar una revisión seria. No basta decir “así manda la ley”. Las leyes también pueden producir distorsiones democráticas.
Reflexión final
Un Congreso fuerte necesita representantes con legitimidad sólida, no curules obtenidas por arrastre. Porque cuando el voto ciudadano queda subordinado al peso del partido, la democracia deja de parecer representación y empieza a parecer reparto. (Foto: larepublica.com).
