El Perú vuelve a mirar el conteo electoral con ansiedad, desconfianza y agotamiento. El noveno presidente en diez años se hace esperar tras una segunda vuelta extremadamente ajustada entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. Con más del 95% de las actas contabilizadas, la diferencia es de apenas unos miles de votos. No hay ganador oficial y el país permanece suspendido entre actas observadas, apelaciones y especulaciones. Lo preocupante no es únicamente quién ganará, sino lo que esta elección revela sobre la salud política de una nación que parece haberse acostumbrado a vivir en crisis permanente.
Que el Perú esté a punto de tener nueve presidentes en apenas una década debería provocar que todas las instituciones se pongan en alerta. Desde 2016 han pasado por Palacio de Gobierno Pedro Pablo Kuczynski, Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y José Balcazar. Ahora el país espera conocer quién será el noveno mandatario de este ciclo marcado por la inestabilidad, la confrontación y la desconfianza.
La sucesión de presidentes no es una anécdota estadística. Es el reflejo de una profunda crisis política que ha debilitado la capacidad del Estado para planificar, ejecutar políticas públicas y generar confianza. Mientras los gobernantes iban y venían, el país acumulaba problemas cada vez más graves: inseguridad ciudadana, crecimiento de las economías ilegales, hospitales colapsados, educación rezagada, infraestructura inconclusa, corrupción enquistada y una ciudadanía cada vez más distante de la política.
Lo más preocupante es que la actual elección parece confirmar una tendencia que se viene profundizando desde hace años: los peruanos ya no votan con entusiasmo, votan con resignación. Muchos ciudadanos no se sienten representados por ninguna de las alternativas. El crecimiento del voto viciado y blanco durante el proceso electoral es una muestra de ese desencanto. La democracia sigue funcionando formalmente, pero la confianza en quienes la administran se encuentra seriamente erosionada.
La estrechísima diferencia entre Fujimori y Sánchez refleja un país fracturado. No existe un liderazgo ampliamente aceptado ni una visión nacional compartida. Existe un Perú dividido política, social y territorialmente. La costa vota de una manera, la sierra de otra, la selva reclama atención y Lima sigue concentrando decisiones que afectan a todo el país.
Quien resulte ganador heredará una situación compleja. Recibirá un Estado debilitado, una economía que enfrenta incertidumbres, instituciones cuestionadas y una ciudadanía cansada de escuchar promesas que rara vez se convierten en resultados.
El Perú espera presidente, pero la verdadera espera es otra: la de un liderazgo capaz de devolver estabilidad, credibilidad y rumbo a un país que lleva demasiado tiempo atrapado en la improvisación política.
Reflexión final
La historia recordará quién ganó esta elección. Pero los peruanos recordarán algo más importante: si el próximo presidente será capaz de romper el ciclo de crisis, confrontación y desencanto que ha convertido a la última década en una de las más inestables de nuestra historia republicana. Porque ningún país puede aspirar al desarrollo cuando cambiar de presidente se vuelve más frecuente que resolver los problemas de la población. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
