La advertencia es contundente: 250 distritos del país enfrentan riesgo de huaicos, deslizamientos y movimientos en masa debido a las lluvias previstas en diversas regiones. Sin embargo, más preocupante que el fenómeno natural es la sensación de que el Perú vuelve a encontrarse ante una amenaza conocida sin haber resuelto las mismas vulnerabilidades de siempre. Cada temporada de lluvias llega acompañada de alertas, pronósticos y recomendaciones; lo que sigue faltando son respuestas estructurales capaces de evitar que las emergencias se conviertan en tragedias.
La naturaleza avisa con anticipación. La pregunta es si las autoridades están escuchando.
Los informes del Cenepred y del Senamhi identifican claramente las zonas de mayor riesgo. Áncash, Cajamarca, Piura, Lima y Lambayeque aparecen nuevamente entre las regiones más vulnerables. No es una sorpresa ni una situación inédita. Son territorios donde históricamente las lluvias han provocado pérdidas humanas, destrucción de viviendas, interrupción de carreteras y graves impactos económicos.
Lo que resulta difícil de entender es por qué, después de tantos años de experiencias similares, miles de familias continúan viviendo en condiciones de alta exposición. La respuesta suele encontrarse en una combinación de factores: crecimiento urbano desordenado, ocupación de zonas de riesgo, obras de prevención insuficientes y una planificación territorial que muchas veces avanza más lento que las amenazas naturales.
Las recomendaciones del Indeci son necesarias: revisar rutas de evacuación, reforzar techos, activar sistemas de alerta temprana y verificar la operatividad de servicios esenciales. Sin embargo, estas medidas reflejan también una realidad preocupante. Gran parte de la responsabilidad termina recayendo sobre ciudadanos que, en muchos casos, carecen de recursos económicos para realizar mejoras estructurales o implementar sistemas de protección adecuados.
La prevención no puede limitarse a comunicados emitidos cuando las lluvias ya están próximas. Requiere inversión sostenida, ejecución eficiente de presupuestos y una coordinación permanente entre los distintos niveles de gobierno. Cada obra de drenaje que no se construye, cada quebrada que no se interviene y cada proyecto de mitigación que permanece paralizado aumenta el riesgo de futuras emergencias.
Mientras tanto, las poblaciones más vulnerables continúan esperando que las promesas de prevención se conviertan en acciones concretas.
La alerta sobre 250 distritos en riesgo debe asumirse como una oportunidad para actuar antes de que ocurra la emergencia. El desafío no es únicamente responder a los desastres, sino evitar que sus consecuencias sean devastadoras.
Reflexión final
Los huaicos y deslizamientos forman parte de una realidad geográfica que el Perú conoce desde siempre. Lo que no debería formar parte de nuestra realidad es la repetición constante de los mismos errores. Cuando la prevención llega tarde, las pérdidas humanas y materiales terminan convirtiéndose en el costo más alto de la improvisación. Un país preparado no es el que reacciona mejor a las tragedias, sino el que trabaja para que ocurran cada vez menos. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
