Durante años se nos dijo que el principal problema del Perú era la corrupción. Después se afirmó que era la inseguridad. Más tarde llegaron la crisis política, las vacancias presidenciales, los enfrentamientos entre poderes del Estado, las protestas sociales y la creciente polarización.
Sin embargo, detrás de todas esas crisis parece esconderse una amenaza mucho más profunda y peligrosa: la pérdida progresiva de confianza en las instituciones que deberían sostener la democracia.
Porque una nación puede soportar dificultades económicas, conflictos políticos e incluso periodos de inestabilidad. Lo que resulta mucho más difícil de superar es una ciudadanía que deja de creer en quienes tienen la responsabilidad de gobernar, fiscalizar, administrar justicia y garantizar el orden público.
La actual coyuntura electoral ha vuelto a desnudar una realidad incómoda. Millones de peruanos observan con desconfianza a los actores políticos, cuestionan las decisiones institucionales y perciben que el país sigue atrapado en una permanente confrontación.
La democracia debería ofrecer certezas. Sin embargo, para muchos ciudadanos, hoy genera dudas. Las instituciones deberían transmitir confianza. Sin embargo, enfrentan crecientes niveles de cuestionamiento.
La política debería construir consensos. Sin embargo, parece especializada en fabricar divisiones.
Mientras el país espera definiciones electorales, la delincuencia continúa avanzando. El 99% de los bodegueros afirma haber sufrido extorsiones. Los transportistas trabajan bajo amenaza. Miles de comerciantes pagan cupos para seguir operando. En numerosos sectores del país, la sensación de protección estatal ha sido reemplazada por una lógica de supervivencia.
Al mismo tiempo, la corrupción sigue golpeando la credibilidad pública. Las alertas sobre más de S/61 mil millones en presuntos sobrecostos y centenares de denuncias vinculadas a posibles irregularidades revelan que el problema no solo continúa presente, sino que mantiene dimensiones alarmantes.
La consecuencia es devastadora.
Los ciudadanos observan cómo se acumulan los escándalos, las denuncias, las promesas incumplidas y los enfrentamientos políticos sin que los problemas estructurales encuentren soluciones efectivas. Poco a poco se instala una percepción peligrosa: que las instituciones reaccionan tarde, que la política vive desconectada de la realidad y que las respuestas siempre llegan después de que el daño ya está hecho.
Cuando eso ocurre, la desconfianza deja de ser una opinión. Se convierte en una cultura. Y una democracia que normaliza la desconfianza comienza a debilitarse desde sus propios cimientos.
El próximo gobierno enfrentará una tarea mucho más compleja que administrar el Estado. Tendrá que intentar recuperar una credibilidad que se ha erosionado durante años de crisis sucesivas, confrontaciones políticas y promesas incumplidas.
No bastarán discursos, ceremonias ni campañas de comunicación. La confianza solo se recupera cuando las instituciones vuelven a demostrar que están al servicio de los ciudadanos y no de intereses particulares.
Reflexión final
Quizá el Perú no se encuentre únicamente ante una crisis política, una crisis de seguridad o una crisis económica. Quizá se encuentre frente a una crisis mucho más grave: una crisis de confianza nacional.
Porque cuando los ciudadanos desconfían de los políticos, de las instituciones, de la justicia, de la seguridad y hasta de los procesos democráticos, el problema deja de ser quién gobierna.
El problema es quién conserva la credibilidad.
Y hoy, mientras el país observa cómo se acumulan la delincuencia, la corrupción, la polarización y la incertidumbre, la pregunta ya no es quién ganó una elección. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más podrá resistir una democracia cuando cada vez más ciudadanos sienten que las instituciones les piden confianza, pero les entregan motivos para la duda.
La confianza es el cemento invisible que mantiene unida a una nación. Y cuando ese cemento comienza a resquebrajarse, ninguna victoria electoral, ningún discurso y ninguna promesa son suficientes para evitar que aparezcan las grietas. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
