50 diputados del Parlamento Europeo denuncian a Infantino

El Mundial 2026 no solo se juega en estadios llenos, cámaras lentas y celebraciones fabricadas para la televisión. También se disputa en un terreno mucho más incómodo: el de la credibilidad institucional. Desde Europa empieza a formarse una respuesta contra la politización de la FIFA, encarnada en la cercanía cada vez más visible de Gianni Infantino con Donald Trump. El fútbol, que debería unir desde la neutralidad, corre el riesgo de convertirse en una alfombra roja para el poder político.

La organización FairSquare ha elevado la presión contra Infantino con una denuncia ética por presunta vulneración del deber de neutralidad política, vinculada al apoyo público del presidente de la FIFA a Trump y a la entrega del polémico “Premio FIFA de la Paz” al mandatario estadounidense. La propia FairSquare sostiene que la denuncia se relaciona con el artículo 15 del Código de Ética de la FIFA y que 50 eurodiputados han pedido una investigación rápida sobre el caso.

El premio, creado y entregado con pompa durante el sorteo del Mundial, nació rodeado de preguntas. ¿Quién lo propuso? ¿Quién evaluó los méritos? ¿Cuáles fueron los criterios? ¿Hubo votación, nominados, comité independiente o simple voluntad presidencial? La FIFA, tan estricta cuando exige disciplina a jugadores y federaciones, ha sido mucho menos clara cuando debe explicar sus propias ceremonias. Esa opacidad no es un detalle: es el corazón del problema.

La Federación Noruega de Fútbol, con Lise Klaveness al frente, respaldó la queja ética de FairSquare y pidió revisar el papel de Infantino para proteger la neutralidad política del organismo. Klaveness ha sido una de las pocas voces dirigenciales dispuestas a decir lo que muchos callan: FIFA no puede convertirse en una agencia de homenajes políticos ni en una plataforma de legitimación para gobiernos.

El caso se agrava porque no aparece aislado. La controversia por Balogun, la llamada reconocida por Trump a Infantino y la decisión de suspender la sanción al delantero estadounidense alimentan la misma percepción: cuando el poder llama, la FIFA escucha. Y cuando la FIFA escucha demasiado al poder, el reglamento empieza a parecer menos regla y más herramienta de conveniencia. La integridad del Mundial fue cuestionada internacionalmente tras ese episodio.

Lo más preocupante es el silencio de muchas federaciones. Algunas reciben millones en programas de desarrollo, cargos, viajes, influencia y promesas. En ese ecosistema, protestar cuesta. Callar, en cambio, suele ser rentable. Así se fabrica la obediencia: no siempre con órdenes, sino con beneficios.

Europa ha empezado a mover el tablero porque la FIFA no puede seguir usando la neutralidad como adorno mientras su dirigencia se acerca peligrosamente a la política. Si Infantino quiere presidir el fútbol mundial, debe rendir cuentas, explicar procedimientos y aceptar límites. Gobernar no es posar junto al poder; es proteger la confianza del juego.

Reflexión final
Cuando el fútbol se arrodilla ante la política, la pelota deja de rodar limpia. La FIFA necesita menos premios inventados, menos ceremonias complacientes y más transparencia. Porque si el organismo que debe cuidar el juego termina cuidando relaciones de poder, entonces el escándalo ya no está fuera de la cancha: está sentado en la presidencia. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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