El Perú vuelve a recibir una advertencia que no debería sorprender a nadie, salvo a quienes gobiernan como si el clima pidiera permiso para destruir. El Niño Costero está acelerando el deshielo de los glaciares y, con ello, pone en riesgo el agua que abastece a miles de peruanos. No se trata de una postal andina que pierde belleza: se trata de seguridad hídrica, agricultura, ecosistemas, poblaciones vulnerables y futuro nacional.
Según estudios del Inaigem, el país ha perdido más del 42% de su superficie glaciar en las últimas seis décadas, cerca de 700 kilómetros cuadrados de hielo. La cifra debería bastar para declarar una prioridad nacional sostenida, técnica y seria. Pero en el Perú, incluso las alertas científicas suelen terminar archivadas entre discursos, comisiones y promesas que se derriten más rápido que los nevados.
El problema se agrava durante los episodios de El Niño Costero. El calentamiento anómalo del mar frente a las costas del Perú y Ecuador eleva la temperatura del aire en la cordillera y modifica las precipitaciones. Donde debería caer nieve o granizo, cae lluvia. Y la lluvia, lejos de alimentar al glaciar, erosiona su superficie, derrite la nieve acumulada e impide que se forme nuevo hielo. El resultado es claro: los glaciares retroceden hasta tres veces más que en un año normal.
La Cordillera Blanca, en Áncash, concentra la mayor cantidad de glaciares tropicales del país y también una de las mayores amenazas. Allí, el Huascarán y otros nevados no solo sostienen paisajes emblemáticos; alimentan ríos, quebradas, actividades agrícolas y comunidades que dependen del agua, especialmente en temporada seca. Cuando el hielo desaparece, no solo cambia la montaña: cambia la vida aguas abajo.
A ello se suma otro enemigo silencioso: el carbono negro. Las partículas de hollín, provenientes de la quema de combustibles fósiles, pastizales, incendios u otras fuentes, oscurecen el hielo y reducen su capacidad de reflejar la radiación solar. El glaciar absorbe más calor y se derrite más rápido. La irresponsabilidad humana, una vez más, pone su firma sobre la naturaleza.
El deshielo también incrementa el riesgo de aluviones, desbordes de lagunas glaciares y contaminación por drenaje ácido de rocas. Es decir, menos agua, agua de peor calidad y más peligro para poblaciones vulnerables.
El Perú no puede seguir tratando el retroceso glaciar como una tragedia paisajística. Es una amenaza directa para la seguridad hídrica, la salud, la producción agrícola y la prevención de desastres. Urgen monitoreo permanente, alertas tempranas, infraestructura de protección, reducción del carbono negro y una política climática que deje de vivir de la reacción tardía.
Reflexión final
Los glaciares no hacen campaña, no protestan y no votan. Solo retroceden, en silencio, mientras el país mira de lejos. Pero cuando falte el agua, cuando crezcan los desbordes y cuando las comunidades paguen la factura, ya no bastará lamentarse. El hielo que hoy se derrite es el futuro que el Perú no está defendiendo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
