Sin pena ni gloria: Castillo, Boluarte, Jerí y Balcázar

El Perú ha tenido, en pocos años, una galería presidencial que no merece estatua, sino auditoría política. Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y José Balcázar pasaron por el poder dejando una misma sensación: el país no fue gobernado, fue administrado a trompicones. Cuatro nombres distintos, una misma tragedia nacional: desgobierno, incapacidad, escándalos, crisis institucional y una ciudadanía obligada a sobrevivir mientras Palacio cambiaba de ocupante como quien cambia de turno en una oficina en ruinas.

Pedro Castillo llegó levantando la bandera del pueblo olvidado, pero terminó hundido en la improvisación, la confrontación y el desconcierto. Prometió representar al Perú profundo, pero su gobierno convirtió la esperanza en incertidumbre. Gabinetes que duraban poco, decisiones erráticas y una conducción política que hizo de la inestabilidad una rutina. El país esperaba reivindicación; recibió desorden.

Dina Boluarte ofreció estabilidad, pero su mandato dejó una fractura social difícil de maquillar. Mientras el país reclamaba justicia, seguridad y conducción, el poder pareció dedicarse más a sostenerse que a resolver. La salud siguió colapsada, la educación continuó arrastrando brechas indignantes y la ciudadanía descubrió, una vez más, que en el Perú la palabra “transición” muchas veces significa simplemente aguantar hasta que pase la tormenta.

Luego aparecieron José Jerí y José Balcázar, símbolos de una política de emergencia permanente, donde la Presidencia parece menos una responsabilidad histórica y más una silla prestada por el Congreso de turno. Sus pasos por el poder no dejaron reformas memorables, ni autoridad moral, ni confianza pública. Dejaron, más bien, la imagen de un Estado debilitado, atrapado entre cálculos parlamentarios, ceremonias vacías y una alarmante falta de grandeza institucional.

Mientras tanto, el país real seguía hundiéndose. La anemia y la desnutrición infantil golpeaban a miles de niños. La agricultura quedaba abandonada. Los colegios seguían esperando calidad. Los hospitales seguían esperando recursos. Las familias seguían esperando seguridad. Pero la política, siempre tan puntual para defender privilegios, llegó tarde para defender al ciudadano.

La delincuencia tomó las calles, la extorsión se volvió negocio cotidiano, la minería ilegal avanzó como poder paralelo y el narcotráfico empezó a proyectar una sombra peligrosa sobre el Estado. Hablar del riesgo de un narcoestado ya no suena a exageración alarmista cuando el crimen organizado compra silencios, captura territorios y desafía instituciones debilitadas.

Castillo, Boluarte, Jerí y Balcázar no representan solo gobiernos fallidos o transiciones grises. Representan una etapa de deterioro profundo, donde el poder perdió autoridad y la ciudadanía perdió paciencia.

Reflexión final
Pasaron sin pena ni gloria, pero dejaron al Perú con demasiada pena y muy poca gloria. La historia no debería recordarlos por lo que prometieron, sino por lo que el país tuvo que soportar. Porque cuando la política gobierna sin rumbo, el pueblo paga la factura con miedo, pobreza y abandono. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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