El primer mensaje a la Nación de la presidenta Keiko Fujimori presentó una hoja de ruta centrada en seguridad ciudadana, infraestructura, empleo, modernización del Estado, políticas sociales, sostenibilidad fiscal y política exterior. Fueron catorce páginas de prioridades, anuncios y compromisos. Sin embargo, el deporte no mereció un eje, una meta, un programa ni una sola señal de reforma.
No se trata de exigir una mención decorativa. El silencio presidencial revela que el deporte continúa siendo tratado como un asunto secundario, útil para las ceremonias, las fotografías y los triunfos ocasionales, pero prescindible cuando se define el rumbo del país.
El discurso habló de juventud, infancia, salud, prevención, seguridad e inclusión. Precisamente por eso resulta incomprensible que no incorporara al deporte como herramienta transversal. Una política seria de actividad física puede contribuir a reducir enfermedades, fortalecer la salud mental, prevenir adicciones, recuperar espacios públicos y ofrecer alternativas frente a la violencia y la delincuencia.
Hablar de seguridad sin deporte barrial es combatir únicamente las consecuencias. Hablar de salud sin actividad física es esperar que la enfermedad llegue para recién actuar. Hablar de juventud sin clubes, escuelas deportivas, entrenadores y competencias escolares es pronunciar una política incompleta.
El nuevo gobierno recibió un sistema deportivo centralista, debilitado y sin visión de largo plazo. Durante décadas, las autoridades recordaron a los atletas cuando obtuvieron medallas, pero los abandonaron durante la preparación. Faltan infraestructura adecuada, entrenadores capacitados, ciencias aplicadas, apoyo psicológico, nutrición, medicina deportiva, detección de talentos y continuidad presupuestal.
El problema no afecta solo al alto rendimiento. En numerosos barrios, provincias y distritos, niños, jóvenes, adultos mayores y personas con discapacidad carecen de espacios seguros para practicar deporte. Mientras otros países lo utilizan como política de salud pública, educación e integración, el Perú lo reduce con frecuencia a actividades aisladas, eventos protocolares y programas que cambian con cada administración.
Keiko Fujimori tenía la oportunidad de proponer un verdadero cambio de modelo: deporte escolar obligatorio y de calidad, infraestructura descentralizada, recuperación de escenarios, apoyo transparente a federaciones, impulso al paralimpismo, incentivos a la inversión privada y un plan nacional con metas hasta 2040. No lo hizo.
La ausencia del deporte en el mensaje presidencial no puede considerarse un simple olvido. Es una advertencia sobre el lugar que ocupará en la agenda del nuevo gobierno. Si no existe decisión política desde el inicio, el riesgo es repetir otros cinco años de improvisación, abandono y oportunidades perdidas.
Reflexión final
Invertir en deporte no significa financiar únicamente competencias. Significa formar ciudadanos, prevenir enfermedades, integrar comunidades y construir disciplina, autoestima y esperanza. El Perú no necesita otra gestión que aparezca cuando llega una medalla; necesita un Estado presente antes del triunfo.
Keiko Fujimori todavía puede corregir el rumbo. Pero deberá hacerlo con presupuesto, profesionales, transparencia y una política de Estado. Si vuelve a dejar al deporte en la banca, el país no perderá solamente campeonatos: perderá salud, inclusión y otra generación. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
