El frustrado proyecto FIFA Forward Enterprise no fue una ocurrencia financiera sin protagonistas. Detrás de la propuesta para vender aproximadamente el 20 % de una nueva filial comercial, valorada en unos 20.000 millones de dólares, aparecieron fondos, bancos y asesores acostumbrados a convertir activos globales en oportunidades de rentabilidad. La operación buscaba recaudar alrededor de 4.200 millones de dólares.
La FIFA decía conservar el control deportivo. Los inversionistas obtendrían una participación minoritaria. Todo parecía cuidadosamente diseñado para asegurar que el fútbol siguiera mandando. El pequeño inconveniente era evidente: nadie desembolsa miles de millones para sentarse en la tribuna sin esperar influencia, dividendos y crecimiento permanente.
El principal interesado era Thrive Eternal, vehículo de inversión relacionado con Joshua Kushner, fundador de Thrive Capital y hermano de Jared Kushner, yerno de Donald Trump. El fondo encabezaría el consorcio llamado a ingresar en la futura estructura comercial de la FIFA.
JPMorgan Chase participaba como asesor financiero de la operación. El banco debía ayudar a estructurar un negocio que concentraría derechos audiovisuales, patrocinios, licencias, entradas y otras fuentes de ingresos de los Mundiales y competiciones internacionales. La entidad ya había sido cuestionada por su participación como asesora en el fallido proyecto de la Superliga europea.
Según EL PAÍS, también participaron en el diseño Greg Maffei, exdirectivo de Liberty Media, y la consultora italiana OpenEconomics. La FIFA conservaría el 80 % de FIFA Forward Enterprise y afirmaba mantener bajo su dominio las reglas, la gobernanza y las decisiones deportivas. Sin embargo, separar completamente el negocio del fútbol era una promesa difícil de creer: los calendarios, formatos, sedes, precios y horarios también determinan la rentabilidad.
El proyecto prometía distribuir mayores recursos entre las 211 federaciones afiliadas. La oferta podía parecer solidaridad, pero también generaba una incómoda sospecha política: convertir la necesidad económica de asociaciones pequeñas en apoyo para una reforma diseñada con escasa consulta. La FIFA incluso proyectaba ampliar considerablemente sus fondos de desarrollo.
La oposición internacional terminó derribando la operación. UEFA, Concacaf, Asia y voces internas de la FIFA cuestionaron la falta de transparencia, el procedimiento apresurado y el riesgo de entregar participación permanente sobre el negocio mundialista. Infantino abandonó el plan cuando comprendió que no tendría respaldo suficiente.
Reflexión final
El problema no era únicamente quiénes querían invertir, sino qué terminarían comprando. Oficialmente, acciones comerciales; en la práctica, una porción del futuro económico del Mundial.
Thrive Eternal buscaba rentabilidad, JPMorgan estructuraba la operación y la FIFA ofrecía su activo más valioso. Esta vez el acuerdo cayó. Pero quedó una advertencia: mientras el Mundial produzca miles de millones, siempre habrá alguien dispuesto a comprarlo y algún dirigente dispuesto a explicarnos que venderlo también es desarrollar el fútbol. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
