La FIFA volvió a demostrar que su puntualidad funciona mejor para cobrar que para cumplir compromisos. Dos semanas después de finalizar el Mundial 2026, las once ciudades estadounidenses que albergaron partidos continuaban esperando una contribución de un millón de dólares por sede, prometida como parte del legado del torneo. En total, son 11 millones de dólares pendientes para proyectos deportivos y sociales locales.
La cifra parece menor frente a los ingresos extraordinarios generados por la competición. Sin embargo, para las administraciones que asumieron gastos operativos, seguridad, transporte y servicios públicos, representa una obligación que no debería diluirse entre comunicados, silencios y excusas administrativas.
Según los reportes periodísticos, representantes de varios comités organizadores aseguraron que directivos de la FIFA reiteraron verbalmente que las ciudades recibirían aportes equivalentes. No obstante, la promesa no habría sido formalizada públicamente y, hasta el momento informado, no se conocían transferencias ni una explicación oficial del organismo.
Esa ausencia documental no libera a la FIFA de responsabilidad política. Al contrario, plantea preguntas incómodas: ¿por qué una institución que exige contratos, garantías y pagos anticipados a sus socios administra sus propios ofrecimientos mediante compromisos verbales? ¿Quién autorizó la contribución? ¿Cuál era el calendario de desembolsos? ¿Por qué las ciudades deben perseguir un dinero anunciado como legado?
Las sedes no fueron simples escenarios decorativos. Aportaron infraestructura, personal, seguridad y recursos públicos durante un torneo de 48 selecciones y 104 partidos, presentado por la propia FIFA como el más grande de la historia. En algunos casos, el gasto local alcanzó decenas de millones de dólares; Kansas City, por ejemplo, habría destinado cerca de 87 millones en fondos públicos.
Mientras tanto, la FIFA celebró estadios llenos, alcance digital récord e ingresos históricos. Esa abundancia vuelve más difícil justificar que once aportes de un millón permanezcan sin resolver.
La FIFA debe aclarar si el compromiso existió, publicar sus términos y establecer una fecha inmediata de pago. Si nunca hubo obligación formal, también corresponde explicar por qué sus directivos generaron expectativas financieras entre las ciudades anfitrionas.
Reflexión final
El legado de un Mundial no se mide únicamente en fotografías, audiencias y balances. También se mide en la palabra cumplida.
Infantino habla con frecuencia de unidad y desarrollo. Pero cuando termina el espectáculo y se apagan las luces, las ciudades descubren quién conserva las ganancias y quién sigue esperando la transferencia. La FIFA no puede exigir excelencia mundial y responder con informalidad cuando llega la hora de pagar. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
