Gianni Infantino quiso abrir una nueva puerta al capital privado y terminó abriendo una crisis política dentro del fútbol mundial. La Confederación Asiática de Fútbol (AFC) decidió sumarse a UEFA y Concacaf en sus cuestionamientos al proyecto que pretendía vender aproximadamente el 20% de una nueva estructura comercial vinculada a las competiciones de la FIFA.
Ya no es una protesta aislada ni una pelea europea por conservar privilegios. Cuando Europa, Norteamérica, Centroamérica, el Caribe y ahora Asia levantan la mano para decir “hasta aquí”, el problema deja de ser quién critica a Infantino y pasa a ser por qué tantos consideran necesario frenarlo.
La propuesta buscaba atraer miles de millones de dólares de inversionistas privados mediante una participación en el poderoso negocio comercial de la FIFA. Sobre el papel puede parecer una genialidad financiera: recibir dinero hoy a cambio de compartir parte del negocio de mañana.
Pero precisamente allí aparece la letra pequeña que el fútbol no puede permitirse ignorar.
Los inversionistas privados no ingresan al Mundial para coleccionar camisetas ni contemplar goles. Entran para obtener rentabilidad. Y quien invierte miles de millones no acostumbra limitarse a observar desde la tribuna.
Por eso resulta preocupante que una operación de semejante magnitud haya generado cuestionamientos sobre el proceso de consulta, la transparencia y las consecuencias futuras. La FIFA administra un patrimonio construido durante décadas por federaciones, futbolistas y aficionados. No es una empresa personal del presidente de turno ni una compañía donde las decisiones estratégicas puedan manejarse como si solo importara engordar la caja.
La incorporación de la AFC al frente crítico demuestra además que la resistencia cruzó fronteras políticas y comerciales. El mensaje resulta difícil de maquillar: varias confederaciones consideran que existen límites que la FIFA no debería atravesar sin consenso suficiente.
Y ocurrió algo revelador: el proyecto terminó retrocediendo.
Infantino recibió una advertencia que ninguna campaña de marketing puede esconder. Presidir la FIFA otorga enorme poder, pero no significa disponer sin contrapesos de los activos económicos del fútbol mundial.
El dinero puede facilitar muchas cosas. El consenso institucional no se compra tan fácilmente.
Reflexión final
El episodio debería servir para revisar una cultura donde cada nuevo torneo, formato o activo parece medirse primero en millones y después en consecuencias.
La verdadera derrota no sería que la FIFA consiga menos dinero.
Sería que algún día consiga tanto que termine olvidando para quién existe.
Porque cuando Europa, Concacaf y Asia coinciden en poner el freno, el problema quizá no esté en quienes protestan.
Quizá esté en quien conduce y comienza a quedarse sin pasajeros dispuestos a seguirlo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
