Gianni Infantino llegó a la FIFA en 2016 prometiendo reconstruir una institución devastada por el FIFAgate, recuperar la credibilidad perdida y devolver transparencia a una organización bajo sospecha. Diez años después, la FIFA tiene más dinero, más torneos, más poder y mayor capacidad de influencia, pero el fútbol corre el riesgo de perder aquello que lo hizo universal: su cercanía con el hincha, su identidad y su esencia popular.
Infantino convirtió el “más” en doctrina de gobierno. Más selecciones, más partidos, más competiciones, más fechas, más patrocinadores, más mercados y más millones. El Mundial pasó de 32 a 48 equipos y 104 encuentros, y ya se ha planteado incluso la posibilidad de llevarlo algún día a 64 selecciones. El crecimiento dejó de ser una herramienta y parece haberse convertido en una obsesión. La pregunta ya no es cuánto puede crecer el fútbol, sino cuánto puede soportar antes de saturarse.
El hincha también empieza a pagar la factura. Los elevados precios de las entradas, los viajes costosos y la comercialización extrema amenazan con transformar el Mundial en un espectáculo reservado para quienes tengan suficiente capacidad económica. Resulta contradictorio hablar del aficionado como “el corazón del fútbol” mientras asistir a una Copa del Mundo se convierte en un lujo cada vez más inaccesible para las familias tradicionales.
A ello se suma una creciente politización. La cercanía con gobiernos, presidentes y líderes políticos, además de decisiones institucionales controvertidas, ha alimentado críticas sobre la neutralidad que debería mantener la FIFA. Una organización que representa al fútbol mundial no debería convertirse en escenario de gestos políticos ni en plataforma de legitimación de poder.
El fracaso de FIFA Forward Enterprise agravó todavía más las dudas. El proyecto encontró resistencia de UEFA, Concacaf y AFC y terminó siendo retirado. Más preocupante aún es que Infantino ya proyecta mantenerse al frente de la FIFA, mientras su administración controla enormes recursos destinados a las 211 federaciones. Esos fondos son legítimos y necesarios, pero también generan una dependencia económica que obliga a preguntarse cuánto pesa ese poder financiero en las decisiones políticas internas.
Reflexión final
Infantino puede dejar una FIFA multimillonaria, global y gigantesca, pero eso no garantiza un mejor fútbol. Si el hincha ya no puede pagar, las federaciones dependen de los recursos, la política entra en los palcos y cada torneo necesita crecer para facturar más; el balance puede ser devastador.
La gran paradoja sería que Infantino termine haciendo inmensamente rica a la FIFA mientras empobrece, mercantiliza y mata lentamente la esencia del fútbol. Link: lacajanegra.blog
