Gianni Infantino llegó a la FIFA prometiendo devolverle credibilidad después del terremoto institucional del FIFAgate. Una década después, cuando UEFA, Concacaf y AFC cuestionan su liderazgo y reclaman una revisión independiente del fallido FIFA Forward Enterprise, quien aparece públicamente para defenderlo no es precisamente una autoridad independiente del fútbol: es Donald Trump.
El presidente estadounidense calificó como un “terrible error” la posibilidad de reemplazar a Infantino. Una intervención que, lejos de apagar el incendio, añade combustible a una pregunta incómoda: ¿por qué un presidente político necesita salir al rescate del presidente de una organización que proclama su independencia?
La relación Trump-Infantino hace tiempo superó la cortesía institucional. Reuniones, fotografías, elogios públicos y hasta el controvertido Premio de la Paz de la FIFA entregado a Trump construyeron una cercanía ineludible.
Ahora aparece otro elemento particularmente sensible. El proyecto FIFA Forward Enterprise pretendía abrir al capital privado una parte del negocio comercial de las competiciones FIFA. Entre los inversionistas propuestos figuraba Thrive Eternal, dirigido por Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Trump.
Esto, por sí solo, no prueba una irregularidad. Pero en una institución golpeada nuevamente por cuestionamientos de transparencia, las coincidencias políticas, familiares y empresariales deberían exigir más explicaciones, no menos.
El problema de Infantino tampoco es una campaña de enemigos imaginarios. Tres confederaciones de enorme peso han cuestionado públicamente cómo se condujo el proyecto y sostienen que no existió simplemente un error de comunicación, sino una ruptura de confianza.
Y allí está la paradoja: mientras desde el fútbol se piden controles independientes, desde la política estadounidense llega un certificado público de intachable conducta.
Infantino parece dispuesto a recoger cualquier salvavidas disponible. África, Sudamérica, federaciones individuales, gobiernos y ahora Trump forman parte de un tablero donde cada respaldo cuenta porque en marzo de 2027 se cuentan votos.
La FIFA corre así el riesgo de convertirse en aquello que sus propios estatutos deberían evitar: una organización donde fútbol, política, negocios y supervivencia electoral empiezan a mezclarse peligrosamente.
Trump tiene derecho a respaldar a Infantino. Pero su opinión no debería decidir quién gobierna el fútbol mundial. La FIFA pertenece institucionalmente a sus asociaciones miembro, no a la Casa Blanca, gobiernos, inversionistas ni círculos de poder.
Reflexión final
Infantino prometió independizar a la FIFA de las sombras del pasado. Hoy necesita explicar por qué tantas sombras vuelven a rodear su presidencia.
Cuando un dirigente necesita amigos políticos para responder a una crisis de confianza deportiva, el problema ya no es quién lo defiende, sino por qué necesita que lo hagan. Y si Trump termina convertido en el gran escudero de Infantino, la FIFA tendrá que responder una pregunta todavía más incómoda: ¿quién gobierna realmente el fútbol y a qué intereses responde? (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
