Peñico, ciudad milenaria lucha ante la indiferencia del gobierno

Mientras el Gobierno afina discursos para Fiestas Patrias, maquilla cifras y revisa protocolos de recepción de regalos, una ciudad milenaria lucha por no desaparecer otra vez, pero esta vez no por el colapso climático… sino por el colapso moral del Estado. Peñico, descendiente directa de Caral —la civilización más antigua de América— ha sido finalmente presentada al mundo. ¡Qué emoción! Lástima que la noticia viene con una nota al pie: sin seguridad, sin presupuesto, con solo dos arqueólogos activos y con traficantes de tierras pisándole los talones.

Todo esto mientras Dina Boluarte parece estar atrapada en su propio calendario ritual, esperando con devoción llegar al 28 de julio del 2026. Y los ministros, como siempre, decorando la inoperancia con cargos oficiales. En resumen: la arqueología descubre pasado glorioso, mientras el presente lo entierra sin ceremonia.

Peñico no es cualquier sitio arqueológico. Es un testimonio vivo —bueno, casi en coma— de cómo los antiguos peruanos sobrevivieron a una crisis climática hace casi 4 milenios. Mientras los templos egipcios se elevaban, Peñico florecía en el valle de Supe con rituales de fuego, astronomía de precisión, intercambio amazónico y planificación urbana que hoy ni los municipios más modernos logran replicar.

Pero claro, esos detalles no emocionan a un aparato estatal que sí encuentra presupuesto para desfiles militares, bonos sin rendición y normas para aceptar regalos de alto valor. Desde 2017, apenas 15 millones de soles han sido destinados al proyecto. Para el Estado, eso es menos de lo que gastan en asesorías absurdas o en refrigerios del Congreso.

Hoy, dos arqueólogos resisten en el sitio. Dos. Ni los Incas se atrevieron a tan poca mano de obra. Ruth Shady y Mauro Ordóñez lideran un equipo que se cae a pedazos. Se improvisan patrullajes, se reciclan trabajadores de otras sedes, se piden favores logísticos. El proyecto camina, pero como quien arrastra una piedra de 10 toneladas… sin rueda.

Y si fuera solo la pobreza presupuestal, ya sería trágico. Pero encima, el sitio está amenazado por invasiones recientes, tráfico de tierras y agresiones físicas a sus investigadores. Uno fue golpeado en la puerta de su casa. ¿Y la policía?. Bien, gracias. Alguna vez hubo una casa para la PNP. Hoy, la prioridad parece ser vigilar playas… quizás en busca de la huella de algún mochica veraneando.

Las gestiones ante el Ministerio de Cultura, del Interior o de Transportes caen en el mismo pozo sin fondo donde terminan los proyectos culturales que no sirven para la foto del ministro. Porque en este país se pueden asfaltar pistas para campañas políticas, pero no para conectar una ciudad sagrada con el resto del mundo. El proyecto de asfaltado está valorizado en 19 millones… y esperando licitación como si fuera una escultura de arcilla a punto de romperse.

Peñico no es un sitio arqueológico olvidado. Es una ciudad silenciada. Silenciada por un Estado que no ve más allá de la coyuntura, por un gobierno más preocupado en sobrevivir políticamente que en preservar civilizaciones. Mientras se firman decretos para recibir obsequios sin límite, la herencia más valiosa del país —su historia— se desmorona entre estelas rotas y rituales ignorados.

No se puede gobernar mirando hacia el futuro si ni siquiera se respeta el pasado. No se puede exigir identidad nacional si no se invierte un céntimo en preservarla. Peñico no necesita aplausos ni discursos. Necesita seguridad, presupuesto, respeto y voluntad política. Algo que, por lo visto, es más difícil de encontrar que un altar intacto de 3,800 años.

Reflexión final
El Perú tiene memoria, pero está siendo saqueada no por huaqueros, sino por autoridades apáticas. Peñico es una advertencia: quien olvida sus raíces, termina cayendo de cara en el presente. Y si algún día los arqueólogos del futuro excavan este periodo, encontrarán más papeles firmados que muros de piedra… y muchas ruinas, no precisamente precolombinas.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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