Se acabó el romanticismo. Brasil, ese templo del jogo bonito, el país donde el fútbol se baila, no se corre, será el primero en Sudamérica en implantar el VAR semiautomático en su campeonato local. Sí, leyó bien: semiautomático, como si habláramos de armas o de lavadoras inteligentes. El objetivo es “acelerar decisiones” y “reducir la intervención humana”. En otras palabras, que el fuera de juego lo decida un algoritmo, que los goles sean autorizados por una gráfica 3D y que los árbitros sean apenas asistentes de una inteligencia que nunca sudó una camiseta. ¿Fútbol?. No, fútbol no: FIFA-Tech 2026.
La Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) ya lo confirmó: a partir de 2026, el VAR semiautomático se usará tanto en la Serie A como en la Serie B. Porque claro, si vamos a robotizar el deporte, que sea parejo. Se acabaron las polémicas, los gritos al árbitro, los programas de análisis con exjugadores que trazan líneas en pantallas táctiles. Ahora todo será cuestión de sensores, datos en la nube y muñequitos virtuales que confirman si la rodilla de un delantero estaba 3 centímetros más allá que el último defensor.
La excusa, por supuesto, es la precisión. Y nadie niega que la tecnología puede ayudar. Pero una cosa es apoyar, y otra muy distinta, sustituir. Porque cuando la máquina se vuelve protagonista, cuando el espectáculo se detiene cinco minutos para que un software revise una jugada, el alma del fútbol empieza a evaporarse. Ya no hay margen para el error humano, ni para la interpretación, ni para el debate. Solo queda la fría exactitud de un sistema que no entiende de contextos, ni de pasiones, ni de injusticias que arden.
¿Recuerdan los tres goles anulados a Argentina contra Arabia Saudita en Qatar 2022?. El VAR semiautomático los anuló en segundos, sí. Pero la pregunta que nadie hace es: ¿cuántos goles legítimos podrían terminar cancelados por un dedo adelantado?. ¿Cuántas jugadas bellísimas se esfumarán por un talón adelantado en una fracción de segundo?. El fútbol, ese juego de lo impreciso, se está volviendo un quirófano quirúrgico donde la espontaneidad se castiga y la línea virtual dicta sentencia.
Y no es que Brasil lo haga mal. Es que lo hace primero. Porque detrás vendrán las demás ligas, corriendo a implantar la última moda tecnológica para parecer “modernas”, aunque no tengan ni baños decentes en sus estadios. Es el mismo continente donde faltan pelotas en los entrenamientos juveniles, pero se compra software europeo para arbitrar partidos sin alma. El mismo fútbol que no tiene plan de desarrollo infantil, pero sí cámaras 8K para detectar un offside molecular.
Celebramos la llegada del VAR semiautomático como si fuera la cura del cáncer del fútbol sudamericano. Como si el problema fueran los errores arbitrales, y no los campeonatos amañados, las dirigencias eternas, la corrupción federativa y el abandono de las divisiones menores. Pero no, eso no se resuelve con tecnología. Eso se resuelve con ética, gestión y voluntad política. Ingredientes que no se descargan de una app.
Mientras la CBF presume de ser pionera en la automatización del deporte, miles de jóvenes brasileños siguen entrenando en potreros sin agua potable. Mientras los estadios se llenan de sensores, los clubes no logran pagar sueldos. Pero eso sí: ahora sabremos al instante si el tobillo estaba adelantado. Y eso, al parecer, es más importante que formar seres humanos con valores o jugadores con futuro.
Reflexión final
El VAR semiautomático no es el problema. Es el síntoma. El síntoma de una industria que quiere parecer perfecta a toda costa, aunque se pudra desde adentro. Queremos un fútbol sin errores, sin árbitros cuestionados, sin polémicas… y sin alma.
Tal vez el próximo paso sea prescindir de los jugadores. Que los goles los metan drones, que los partidos los simulen inteligencias artificiales, y que los campeonatos se transmitan desde servidores. Porque si de eliminar la emoción se trata, vamos por buen camino.
Y cuando el último hincha se aburra, cuando el estadio esté vacío y solo quede la repetición perfecta del software, nos daremos cuenta —tarde— de que el error también era parte del juego. Y que al querer eliminarlo todo… nos eliminamos a nosotros.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
