Pese a críticas, Congreso aprobó viaje de Dina Boluarte

El Perú arde. Literal y simbólicamente. Las bandas del crimen organizado controlan regiones enteras, la minería ilegal depreda el país a vista y paciencia del Estado, los hospitales colapsan por falta de medicamentos, y los profesores enseñan bajo techos que se caen a pedazos. En medio de este cuadro apocalíptico, la presidenta Dina Boluarte ha decidido empacar maletas una vez más. Con el aval predecible del Congreso —su socio en el pacto de sobrevivencia mutua hasta el 28 de julio de 2026—, se dispone a partir rumbo a Japón e Indonesia, en una nueva gira internacional que, según el guion oficial, busca “fortalecer la imagen del Perú” y “concretar oportunidades comerciales”. El país puede esperar. El avión no.

Del 5 al 12 de agosto, mientras el Perú se desangra en su lucha contra la extorsión, el sicariato y la corrupción sin control, dignatarios de Japón e Indonesia abrirán sus puertas para recibir, con todos los honores diplomáticos, a la presidenta más impopular del planeta. El contraste no puede ser más elocuente: en Tokio y Yakarta habrá sonrisas y sesiones de fotos; aquí, funerales, escuelas que se caen, centros de salud desbordados y regiones bajo el control del crimen organizado.

Según el plan oficial, Boluarte asistirá al “Día del Perú” en la Expo Osaka 2025, se reunirá con el primer ministro japonés Shigeru Ishiba y tendrá una audiencia con el emperador Naruhito. Luego volará a Indonesia para celebrar el 50.º aniversario de relaciones diplomáticas con ese país y firmar un acuerdo de asociación económica. Todo en nombre del desarrollo y la cooperación. Todo en piloto automático.

El Congreso, como de costumbre, no tuvo reparos en autorizar el viaje. Con 63 votos a favor, quedó claro que mientras la presidencia no los toque, todo vale. Ni siquiera el hecho de que la presidenta gobierne a control remoto parece escandalizarlos. Para ellos, lo urgente no es la seguridad, ni la salud, ni la educación. Lo urgente es mantener la farsa de normalidad institucional.

Y mientras Boluarte suma estampillas en su pasaporte, el Perú sigue cayendo. Los extorsionadores cobran cupos en cada esquina, los cárteles del oro y de la droga operan con impunidad, y los servicios públicos siguen al borde del colapso. No hay plan, no hay liderazgo, no hay respuesta. Solo una presidenta que delega todo menos los viajes, y un Estado que marcha en modo automático hacia el abismo.

Hablan de promover inversiones, de abrir mercados, de mostrar al mundo la “nueva cara del Perú”. Pero ¿qué inversionista serio apostará por un país cuya gobernante solo aparece en escenarios internacionales mientras evade las urgencias locales?. ¿Qué imagen positiva puede construirse desde la omisión y la desconexión?. La imagen país no se construye con visitas diplomáticas, sino con gobernabilidad efectiva y legitimidad democrática. De eso, no hay nada.

El país no necesita más discursos desde Tokio, ni acuerdos con nombres rimbombantes firmados en Yakarta. Necesita que quien gobierna se quede, actúe, responda y resuelva. Pero lo que tenemos es una presidenta ausente, rodeada de honores diplomáticos, mientras la nación se hunde en violencia, precariedad y desesperanza. El Congreso la deja partir, el Ejecutivo la acompaña, y los ciudadanos, una vez más, quedan solos.

Reflexión final
El Perú no necesita una embajadora itinerante. Necesita una presidenta presente. Necesita liderazgo, visión y coraje. Pero lo que recibe es turismo diplomático en tiempos de emergencia. Y la historia —esa que siempre cobra factura— no se escribe con sellos en el pasaporte. Se escribe con responsabilidad, con decisiones valientes y, sobre todo, con presencia. Algo que, lamentablemente, sigue siendo lo más ausente en el país.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

Lo más nuevo

Artículos relacionados