Infantino y Domínguez: Matando el espíritu del fútbol

Hay secuestros discretos que ocurren a punta de maletines, power points y aplausos protocolares. Uno de ellos se está perpetrando ahora mismo, frente a los ojos del mundo, en el corazón del fútbol. No lo ejecutan barras bravas ni conglomerados de capital chino, sino dos personajes de traje entallado y verbo encantador: Gianni Infantino y Alejandro Domínguez. Juntos, están transformando el Mundial en un buffet libre de cupos y favores diplomáticos. Porque sí, el Mundial ya no es la cúspide del deporte. Es la nueva moneda geopolítica para negociar poder, votos y contratos.

El último “invento” de Domínguez: 64 selecciones para el Mundial 2030. Porque si 48 ya parecía un delirio con aspiraciones publicitarias, ahora la CONMEBOL se pone creativa y decide que lo justo, lo inclusivo y lo políticamente rentable es invitar a todos. Total, ¿qué importa la calidad cuando hay geografías que representar, federaciones que contentar y campañas que financiar?.

Infantino, claro, asiente. No hay idea extravagante que no se pueda monetizar. Y mientras los dirigentes aplauden la “democratización del fútbol”, lo que realmente celebran es la multiplicación de viáticos, de asambleas en hoteles cinco estrellas, de mundiales donde todos ganan… menos el espectáculo.

La lógica es simple: cuantas más selecciones, más países agradecidos. Cuantos más países agradecidos, más votos. Y cuantos más votos, más blindaje para Infantino y Domínguez, que hace rato entendieron que el fútbol ya no se disputa en la cancha, sino en los congresos de FIFA y las recepciones diplomáticas.

¿Qué pierde el fútbol con esto? Todo. El valor de clasificar. El mérito de competir. La emoción de que solo los mejores se crucen en el torneo más exigente del planeta. Convertir el Mundial en una convención de selecciones es degradar el producto, abaratarlo, vaciarlo de épica. Pero eso, parece, ya no interesa. Lo importante es llenar las planillas.

Y si el 2030 será el Mundial del Centenario, parece que lo celebrarán con la traición más grande a su espíritu: partidos en tres continentes, con sedes que ni se tocan entre sí. ¿Qué es esto, un Mundial o un crucero con paradas en Uruguay, España y Marruecos?. Hasta la mística fundacional es utilizada como argumento comercial. La historia, hoy, cotiza en puntos de rating.

Este Mundial de todos será, en realidad, un Mundial de nadie. Porque cuando se diseña una Copa del Mundo para cumplir con cuotas políticas, no se premia la inclusión, se consagra la mediocridad. El fútbol competitivo muere un poco cada vez que se impone el cálculo geopolítico sobre el rendimiento. Cada vez que se remplaza el talento por la diplomacia. Cada vez que se prioriza el logo por encima del juego.

Infantino y Domínguez nos venden humo con forma de inclusión. Pero no están construyendo un mejor fútbol. Están construyendo su legado personal: un Mundial desfigurado, hiperinflado, sin alma, pero con muchos ceros a la derecha.

Reflexión final
El Mundial fue, durante décadas, una cima reservada a los que realmente lo merecían. Hoy, está en camino a convertirse en un reality diplomático, un desfile de federaciones agradecidas, un espejo del cinismo global.

Si no levantamos la voz ahora, pronto aplaudiremos goles en estadios vacíos, partidos irrelevantes y campeonatos que valen menos que los spots que los interrumpen. La pelota sigue rodando, sí. Pero cada vez más lejos del fútbol. Y si el espíritu del juego muere en manos de quienes deberían protegerlo, lo que nos quedará no será un Mundial. Será apenas otro negocio con forma de deporte.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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