Cuando Gustavo Petro dijo que Santa Rosa era territorio colombiano, el gobierno peruano despertó del coma. ¡Alarma nacional! ¡Escándalo internacional! ¡Movilización patriótica! Lo de siempre: izar la bandera, enviar militares, emitir comunicados. Pero apenas se apagan los reflectores, Santa Rosa vuelve a ser lo que ha sido siempre para el Estado peruano: un punto en el mapa olvidado, un distrito sin autoridades, sin agua potable, sin salud, sin educación. Porque en el Perú, la soberanía se actúa para la foto, pero se niega en la vida real. Santa Rosa es peruana… pero lo importante, parece, es que no lo note nadie.
Desde hace más de un mes, Santa Rosa es oficialmente un distrito. Pero ni alcalde electo, ni presupuesto asignado, ni comité transitorio, ni siquiera una autoridad de paso. El exalcalde Iván Yovera fue removido y nadie tomó su lugar. Mientras tanto, más de 3 mil peruanos sobreviven como pueden en la triple frontera, comprando agua a Colombia, atendiéndose médicamente en Brasil y utilizando reales brasileños para sus transacciones. ¿Y el Gobierno peruano? Bien, gracias. Muy ocupado en Lima cambiando ministros, comprando autos de lujo y blindando congresistas.
Yovera lo resume con amarga lucidez: “El abandono es total. Aquí seguimos como siempre, olvidados. Nunca han venido a preguntarnos qué nos falta. Nunca.” Y eso que estamos hablando de un distrito fronterizo. Es decir, un lugar estratégico. Pero no. Aquí no hay prioridad, ni presencia, ni Estado. Solo promesas incumplidas y un protocolo diplomático.
El único colegio está desbordado, el centro de salud no tiene equipo ni medicinas, y el puerto —clave para el comercio y la integración fluvial— lleva más de 10 años estancado en la burocracia del Ministerio de Transportes. Pero claro, ¿quién necesita embarcaderos cuando se pueden comprar camionetas de alta gama para generales y viajes por el mundo? Es más rentable mostrar poder que resolver necesidades.
Y mientras todo eso ocurre, Dina Boluarte, la presidenta más impopular del planeta —sí, del planeta— continúa gobernando con una brújula rota y un plan que parece escrito en servilletas. No hay estrategia para el desarrollo fronterizo. No hay política para los territorios olvidados. No hay ni la más mínima intención de que las regiones de frontera sean algo más que una excusa para discursos patrioteros.
Porque, seamos francos, si no fuera por la torpeza de Petro, nadie en el Ejecutivo se habría acordado de Santa Rosa. El patriotismo, en este gobierno, es como los discursos en Fiestas Patrias: lleno de frases bonitas, pero vacío de acción. Izan la bandera, pero no envían médicos. Entonan el himno, pero no construyen escuelas. Hablan de soberanía, pero permiten que ciudadanos peruanos mueran de abandono. ¿Y después se preguntan por qué el Estado ha sido capturado por el crimen organizado? Porque renunció, hace años, a ejercer autoridad donde más se necesita.
La gran pregunta no es si Santa Rosa es peruana. Claro que lo es. La verdadera pregunta es: ¿cuántas Santa Rosas más hay en el Perú? ¿Cuántos distritos abandonados, cuántas zonas de frontera convertidas en tierra de nadie, cuántos pueblos donde el Estado brilla por su ausencia, hasta que un Petro cualquiera los mencione en una entrevista?. El abandono es estructural. El olvido es sistemático. Y la indiferencia gubernamental, una forma muy eficaz de traición.
Reflexión final
Santa Rosa es el Perú profundo, ese que se menciona solo cuando hay terremoto, derrame de petróleo o crisis diplomática. El resto del año, no existe. Y mientras Boluarte siga preocupada por relojes, autos y remodelaciones, y no por hospitales, ambulancias o agua potable, seguirán existiendo peruanos de primera clase —los de Lima con aire acondicionado— y peruanos de frontera, que sobreviven a punta de real brasileño y agua de lluvia. Lo dijo el propio Iván Yovera con una mezcla de rabia e impotencia: “Nos han dejado solos.” Y sí, señora presidenta, Santa Rosa es Perú. Pero más allá de las tropas y las banderas, ser Perú significa tener agua, médicos, educación, seguridad y justicia. Y eso, hoy, no existe.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
