Cuando un gremio anuncia un paro nacional por segunda, tercera o enésima vez, no es una medida de fuerza, sino un grito desesperado que ya nadie en Palacio escucha. El 21 de agosto los transportistas volverán a parar. No para negociar, no para presionar, sino para recordarle al Gobierno de Dina Boluarte que la inseguridad ya no es un problema: es el sistema. Un sistema donde el sicario tiene más poder que el gobierno, donde las balas son más rápidas que la justicia, y donde el Estado parece funcionar a control remoto… con las pilas gastadas.
Martín Valeriano, presidente de Anitra, lo dijo sin rodeos: 32 muertos, más del 80% de empresas pagando cupos, y un clima de terror que obliga a los transportistas a elegir entre pagar a las mafias o perder la vida. Y mientras tanto, el Gobierno repite la misma coreografía: mesas de trabajo, fotos para la prensa y promesas que caducan antes de salir del despacho.
El paro no es improvisado. Se pospuso del 11 al 21 de agosto para sumar fuerzas con mototaxistas, comerciantes, farmacéuticos y bodegueros. Un frente amplio de víctimas que, por supuesto, no están unidos por la ideología, sino por el miedo. El mismo miedo que recorre las rutas del Cono Norte y del Cono Este, donde algunas empresas ya suben los pasajes para financiar a los extorsionadores. En el Perú del 2025, viajar en transporte público es, literalmente, pagar tu propio rescate.
Y mientras el país se desangra, la minería ilegal sigue expandiendo su territorio y el narcotráfico se pasea como si fuera socio mayoritario del Estado. Dina Boluarte, sin plan de gobierno ni estrategia contra la criminalidad, sigue acumulando días hasta el 28 de julio de 2026. El Congreso, su socio político, administra escándalos y blindajes como si fueran parte de la política pública.
El paro del 21 no resolverá la inseguridad, pero servirá como espejo. Mostrará que los gremios están solos, que las autoridades ya no tienen la capacidad ni la voluntad de garantizar algo tan básico como el derecho a trabajar sin morir en el intento. Mostrará que el país no solo está en piloto automático: está en caída libre.
Reflexión final
En un Estado donde los criminales cobran peaje y el Gobierno se limita a mirar por el retrovisor, cada paro es un acto de supervivencia y cada marcha, una confesión colectiva: aquí la seguridad es un lujo y la vida, una moneda de cambio. El 21 de agosto no será solo un día sin transporte, será otro recordatorio de que, en el Perú, la ruta más peligrosa no está en las carreteras, sino en el camino que va desde la indiferencia del poder hasta la desesperación de la calle.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
