Santa Rosa es peruana. Lo dicen los tratados, los mapas y, sobre todo, su gente. Pero la soberanía no se defiende solo con banderas y discursos en Lima: se ejerce con presencia real del Estado. Hoy, Santa Rosa es más un símbolo de abandono que de orgullo nacional. Y como ella, hay muchas otras “Santa Rosas” a lo largo de nuestras fronteras, olvidadas por un gobierno que solo reacciona cuando hay conflicto y cámaras encendidas.
Ubicada en la triple frontera con Colombia y Brasil, Santa Rosa es estratégica para la geopolítica y el comercio amazónico. Sin embargo, carece de hospital, su seguridad es mínima, las escuelas sobreviven en condiciones precarias y la pobreza extrema marca el día a día de sus habitantes. En un acto de pragmatismo obligado, muchos tienen documentos de identidad de países vecinos, porque el Estado peruano no les da lo que sí reciben de otros gobiernos.
Esta situación no es nueva. El Perú no tiene una política de fronteras consistente ni un plan integral que impulse el desarrollo, refuerce la seguridad y garantice derechos básicos. Dina Boluarte, en piloto automático, no ha mostrado voluntad política para revertir décadas de olvido. Y no nos engañemos: el reciente despliegue militar y la colocación de banderas responden más a una estrategia de imagen que a una verdadera preocupación por la población.
La disputa con Colombia por la zona ha sido, además, una oportunidad para ambos gobiernos. Gustavo Petro lanza la primera piedra para reforzar su narrativa interna; Dina Boluarte responde de inmediato, agradecida de contar con un conflicto externo que desvíe la atención del caos interno: criminalidad desbordada, minería ilegal, pobreza creciente y un país sin rumbo. Mientras tanto, Santa Rosa sigue esperando agua potable, atención médica y un Estado que llegue para quedarse, no solo para la foto.
El verdadero reto para el Perú no es solo mantener la posesión legal de Santa Rosa, sino convertirla en un ejemplo de soberanía bien ejercida. Porque de nada sirve ganar una discusión diplomática si se pierde la batalla diaria contra el abandono. La defensa del territorio empieza por garantizar que quienes lo habitan puedan vivir con dignidad.
Santa Rosa pertenece al Perú, pero hoy sobrevive gracias a la resiliencia de su gente, no por la acción de su gobierno. Mientras no haya un compromiso real con las fronteras, seguirán existiendo “Santa Rosas” invisibles para el poder central, esperando a ser recordadas solo cuando un nuevo conflicto obligue a mirar hacia ellas. Y cuando eso ocurra, ya será, otra vez, demasiado tarde.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
