Machu Picchu se desmorona por el desgobierno generalizado

En cualquier país que se respete, visitar una maravilla del mundo es una experiencia cultural que se cuida como un tesoro. En el Perú de Dina Boluarte, es una prueba de resistencia física, psicológica y económica digna de un reality de supervivencia. Colas de doce horas, boletos escasos, precios inflados y decisiones ministeriales que parecen guiones de improvisación han logrado lo impensable: que Machu Picchu, nuestra joya turística, pase de ser un sueño de viaje a convertirse en una odisea agotadora. Y mientras el mundo observa el bochorno, el gobierno posa para la foto, como si el problema fuera de encuadre y no de gestión.

La temporada alta trajo consigo un festival de abuso de precios en Machu Picchu Pueblo: hoteles y restaurantes que duplicaron sus tarifas bajo esa versión criolla de la ley de la oferta y la demanda que se resume en “exprime al turista hasta que se rinda”. No sorprende que muchos visitantes, nacionales y extranjeros, huyan en tren hacia Santa Teresa o cualquier punto donde dormir no implique un préstamo bancario ni vender un riñón.

Pero el desfalco legal en hospedajes es solo la antesala del verdadero suplicio: conseguir un boleto para entrar. Con un aforo de 5,600 personas y apenas mil entradas presenciales, el Ministerio de Cultura decidió —en un arranque de brillantez logística— mantener parte de la venta sin sistema digital previo. Resultado: colas interminables desde la madrugada, turistas durmiendo en las calles, discusiones y la imagen del Perú arrastrada por el río Vilcanota.

La Cámara de Turismo del Cusco ha pedido, exigido y suplicado eliminar la venta presencial obligatoria. Los informes de la Contraloría ya advertían ineficiencia y desperdicio de entradas. Nada cambia. Al contrario, la parálisis ministerial parece un método de trabajo. Y mientras tanto, la reputación turística del país se deteriora a velocidad récord.

Como bien señala el especialista José Fernando Santoyo Vargas, “el turismo se sostiene en previsibilidad, seguridad y control de la experiencia; romper esos pilares es invitar a la frustración, la ansiedad y la sensación de estafa”. Lo paradójico es que, mientras el Estado se enreda en su propia burocracia, operadores privados hacen su agosto a costa de los viajeros. La narrativa oficial habla de “promoción del turismo”, pero en la práctica lo están convirtiendo en un deporte extremo.

Machu Picchu es patrimonio de la humanidad, pero en manos del gobierno de Boluarte se ha vuelto patrimonio de la improvisación peruana. No hace falta una campaña internacional para ahuyentar turistas: basta con dejar que el Ministerio de Cultura siga actuando como hasta ahora. El daño a la imagen del país no se mide solo en cifras, sino en la experiencia amarga que cada viajero se lleva y comparte.

Reflexión final
El turismo no debería ser un privilegio para quienes pueden costear abusos, ni una gesta heroica de paciencia. Machu Picchu debería unirnos en orgullo, no en vergüenza. Pero mientras la inacción gubernamental y la codicia local se mantengan como norma, nuestro mayor tesoro seguirá perdiendo brillo. La lección es simple y urgente: cuidar al visitante es cuidar al país. Y si eso no se entiende en Palacio y en el Ministerio de Cultura, entonces el abandono seguirá escribiendo la historia de cómo dejamos que una maravilla milenaria se convirtiera en un monumento a nuestra incapacidad.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

Lo más nuevo

Artículos relacionados