En el Perú, los mapas políticos ya no deberían marcar con tinta dorada el Palacio de Gobierno, sino con barrotes de acero el Fundo Barbadillo. Porque la verdadera ruta del poder no se mide en quinquenios, sino en traslados judiciales. El circuito es tan predecible como grotesco: de la campaña a Palacio, de Palacio al escándalo, y del escándalo directo a Barbadillo. La cárcel ya no es solo un presidio, es un símbolo nacional, casi un museo viviente de exmandatarios procesados. En tiempos de “turismo cultural”, deberíamos vender entradas: “Conozca la historia política del Perú en vivo y en directo, con expresidentes reales incluidos”.
Hoy Barbadillo aloja a Toledo, Humala, Castillo y, desde hace poco, a Vizcarra. Fujimori fue su ilustre primer huésped, y aunque ya no está, dejó la “inauguración oficial” de la sede. PPK se encuentra en lista de espera, con impedimento de salida del país, y Dina Boluarte perfila el siguiente capítulo: tantas investigaciones y denuncias encima que quizá haya que abrir una “residencia presidencial para damas”. La situación es tan recurrente que un estadístico podría calcular la probabilidad de que cada presidente peruano termine preso: prácticamente es un 100% con margen de error mínimo.
Algunos dirán que no estamos solos, que en Brasil, Argentina o Colombia también han visto a sus mandatarios desfilar frente a la justicia. Pero la diferencia es el ritmo: en el Perú la rotación es tan acelerada que podríamos inscribirnos en el Guinness con tranquilidad. Aquí no se trata de casos aislados, sino de un sistema de producción en serie: cada elección presidencial parece un casting para la próxima temporada de “Barbadillo, la serie”.
Lo más alarmante es el presente inmediato: a menos de un año de los comicios de 2026, 37 candidaturas se alistan para la contienda. Muchos de esos aspirantes cargan prontuarios que en cualquier democracia sensata los inhabilitaría sin pestañear. Aquí, en cambio, no solo postulan, sino que se presentan como salvadores. El elector, entonces, no elige estadistas, sino potenciales inquilinos. ¿El verdadero sufragio? No se deposita en ánforas, sino en la administración penitenciaria de Ate.
El Perú se ha convertido en un país donde la verdadera institucionalidad no está en el Congreso ni en el Ejecutivo, sino en Barbadillo. Esa cárcel es hoy más estable que cualquier ministerio, más duradera que cualquier coalición, más coherente que cualquier Constitución parchada. Allí no existen vacancias exprés, ni crisis de gabinete, ni renuncias ministeriales: solo barrotes, expedientes y una lista de espera que no deja de crecer.
La llamada “infame turba” no es un accidente, es el espejo fiel de nuestra política. Cada presidente que cae no es la excepción que confirma la regla, es la regla misma: un sistema diseñado para que el poder se use como trampolín de intereses privados, como caja chica de campañas y como herramienta para socavar la democracia. Y cuando todo explota, cuando la justicia alcanza, el destino es el mismo: Barbadillo, nuestro verdadero palacio de la continuidad política.
Reflexión final
Frente a lo que viene, la pregunta es simple y demoledora: ¿los peruanos elegiremos un presidente o solo al próximo inquilino de la prisión más emblemática del país? Barbadillo ya no necesita marketing ni estrategia de comunicación: su prestigio se construye solo, con cada nuevo huésped de lujo que cruza sus puertas. Al paso que vamos, no es exagerado pensar que Barbadillo se convierta en el verdadero “Consejo de Expresidentes del Perú”, con sesiones conjuntas en el patio de visitas. La democracia, mientras tanto, sigue en la sala de emergencias, esperando que algún día rompamos el circuito vicioso que lleva de Palacio… directo a los barrotes.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
