El Mundial 2026 promete récords: 48 selecciones, tres países anfitriones y estadios repletos. Pero antes de que ruede el balón, ya hay un partido en marcha, y no se juega en la cancha, sino en las ventanillas consulares. Estados Unidos anunció que revisará con lupa cada solicitud de visa de los hinchas que quieran asistir al torneo. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, lo dijo al lado del presidente Donald Trump y de Gianni Infantino: “serán bienvenidos, pero el proceso será riguroso”. En cristiano: sí habrá fiesta, pero no todos están invitados.
Trump, como buen maestro de ceremonia, añadió el toque de sinceridad que desnuda todo: algunos países tendrán un acceso más sencillo, otros tendrán que sudar el trámite como si fuera un repechaje. Así, mientras ciertos hinchas pasarán directo por el fast track migratorio, otros quedarán atascados en entrevistas, requisitos absurdos y la eterna espera de un “caso en revisión”. El fútbol se venderá como universal, pero la entrada al estadio dependerá de un sello en el pasaporte.
La FIFA, fiel a su guion, sonrió. Infantino, imperturbable, aseguró que “todo se desarrollará con normalidad”. Claro, la misma “normalidad” que vimos en Rusia 2018, donde los controles fueron excesivos, y en Catar 2022, donde las libertades eran un lujo. FIFA ya no administra fútbol: administra discursos. Y cuando la política se mete hasta en las taquillas, Infantino solo mira a la cámara, sonríe y dice que todo es parte del espectáculo.
La contradicción es grotesca. Se habla de la “fiesta más grande del planeta”, de la unidad de los pueblos, de la pasión que trasciende fronteras. Pero lo que realmente trasciende son las restricciones. Hinchas que ahorraron durante años para viajar a ver a su selección podrían quedarse varados en embajadas, atrapados en trámites interminables o descartados por la simple desconfianza que inspira su nacionalidad. ¿De qué unión hablamos si la primera barrera es un burócrata que decide, a discreción, quién puede entrar y quién no?
Lo más irónico es que el balón será libre, transmitido a cada rincón del mundo, mientras los aficionados deberán justificar que no representan un peligro para la seguridad nacional. El gol viajará sin fronteras, pero el hincha tendrá que enfrentarse a muros, sellos y oficiales migratorios con cara de “no convencido”. En esa cancha, ni Messi, ni Mbappé, ni Vinicius pueden ayudarte.
Y todo esto ocurre en el silencio cómplice de la FIFA, que hace mucho tiempo decidió que la política puede comprar palco VIP en sus torneos. En lugar de defender a los hinchas, los reduce a consumidores con boleto, visa y tarjeta de crédito en mano. El Mundial de 2026 será, sin duda, histórico, pero también corre el riesgo de convertirse en el campeonato donde la burocracia y la geopolítica jugaron como titulares.
El anuncio de Estados Unidos confirma lo que muchos temían: el fútbol globalizado se enfrenta a las fronteras endurecidas. No bastará con la pasión ni con el boleto en mano; el verdadero partido empezará en las ventanillas migratorias. Trump marca la pauta, Noem pone el reglamento y FIFA calla. Los hinchas, en cambio, quedarán atrapados entre discursos de inclusión y prácticas de exclusión.
Reflexión final
El Mundial debería unir al mundo, pero en 2026 lo unirá a condición de visa aprobada. La paradoja es brutal: se predica que el fútbol no tiene fronteras, pero se levantan muros a la entrada de los estadios. Y mientras Infantino sonríe desde el palco y Trump presume de control, miles de aficionados quedarán fuera de la fiesta. La pelota rodará en canchas impecables, pero el verdadero gol —estar allí para celebrarla— dependerá de un pasaporte, un sello y la benevolencia de un oficial de migraciones. El Mundial será global, sí, pero con lista de invitados. Y esa lista, como siempre, la escribe la política, no el deporte.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
