Encuesta CIT: Dina Boluarte apenas alcanza el 2% de aprobación

El Perú no necesita campañas internacionales para aparecer en el mapa: basta con sus propios gobernantes. La presidenta Dina Boluarte acaba de inscribirse, sin proponérselo, en la historia política mundial como la mandataria con el respaldo más bajo del planeta. Apenas un 2% de aprobación y un 97% de rechazo, según la encuesta de CIT publicada por Diario Expreso, resumen la magnitud de su aislamiento. En cualquier país serio, una cifra así sería la lápida definitiva de un gobierno; en el Perú, en cambio, es la prueba de que se puede sostener un régimen con casi nula legitimidad mientras el Congreso lo blinda a cambio de sobrevivir en el mismo barco.

El 2% no es un accidente estadístico ni un margen de error: es el reflejo de un país sin dirección y de una mandataria que ha confundido la ocupación de Palacio con el acto de gobernar. Boluarte no tiene plan, no tiene estrategia y mucho menos un proyecto de nación. Su único objetivo es llegar al 28 de julio de 2026, sostenida por un Congreso que, igual de impopular, comparte su suerte. Es un pacto de conveniencia que no construye nada, pero garantiza que nadie caiga antes de tiempo.

La realidad que subyace bajo esos números es aún más brutal. Las organizaciones criminales se han convertido en el verdadero poder del país, cobrando cupos como si fueran impuestos legales, multiplicando secuestros y asesinatos en cada ciudad. La minería ilegal avanza como un Estado paralelo, mientras el narcotráfico consolida rutas y territorios con la eficiencia que al gobierno le falta. Los hospitales colapsan entre pasillos abarrotados y falta de medicinas, dejando a los pacientes morir en listas de espera interminables. La educación pública se desmorona con aulas sin techo y maestros sin recursos, condenando a una generación al fracaso. La desnutrición infantil crece silenciosa mientras el Ejecutivo gasta en viajes protocolares, aviones de guerra y autos de lujo para generales.

En este escenario, ni el premier Eduardo Arana ni el presidente del Congreso José Jerí logran salvar el panorama. El primero apenas alcanza un 7% de aprobación, el segundo un 11%, cifras que confirman que todo el aparato del Estado está desconectado de la ciudadanía. Juntos conforman un gabinete extendido del descrédito, donde la desaprobación se ha convertido en el único consenso nacional.

Lo paradójico es que, en cualquier democracia madura, un 2% de respaldo sería la antesala de la renuncia inmediata. En el Perú, en cambio, es la fórmula de la permanencia. Aquí la desaprobación no derrumba gobiernos, los fortalece, porque el Congreso y el Ejecutivo viven de un pacto de mutuo blindaje. El resultado es una presidencia sostenida por inercia, que no gobierna, pero tampoco se va.

El 2% de aprobación no es un número insignificante: es un diagnóstico letal. Representa un país que ya no confía en su presidenta, un gobierno que solo existe en el protocolo y una clase política que sobrevive desconectada de la gente. Dina Boluarte pasará a la historia no como líder, sino como símbolo de lo que significa gobernar sin pueblo y resistir gracias a un Congreso tan impopular como ella. El Perú no tiene hoy un gobierno, apenas tiene un calendario que se arrastra hasta julio de 2026.

Reflexión final
La encuesta de CIT publicada por Expreso no es solo un dato estadístico, es una confesión nacional: la mandataria más impopular del planeta sigue en Palacio como si nada hubiera ocurrido. El 2% debería figurar en el Guinness de la política mundial como el récord del gobierno más caro por cada punto de respaldo. En el Perú de Boluarte, la democracia se reduce a una farsa donde la presidenta administra su permanencia, el Congreso protege su impunidad y las mafias gobiernan con eficacia las calles. El verdadero poder ya no se mide en las encuestas, sino en la capacidad de las bandas criminales para controlar barrios enteros y dictar su propia ley. Ese es el costo del 2%: un país sin Estado, con autoridades que solo sobreviven y con ciudadanos que, resignados, observan cómo la política se hunde mientras el crimen florece.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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