Mundial 2026: más equipos, más millones, menos fútbol

El Mundial de 2026 será el más grande de la historia: 48 selecciones, tres países anfitriones, estadios de lujo y cifras récord en ingresos. Gianni Infantino lo vende como la “fiesta universal del fútbol”. Pero la realidad es más amarga: la pelota quedó reducida a un accesorio de lujo en un espectáculo financiero, mientras el acceso de los hinchas dependerá de la billetera, de un visado aprobado y de la paciencia para sobrevivir a un torneo inflado con partidos de relleno.

El discurso oficial es impecable: “inclusión, diversidad, más países participando”. La práctica es un despropósito. Con 48 selecciones, el Mundial será una maratón de grupos donde habrá goleadas de escándalo y equipos que no están al nivel, simples extras de un guion diseñado para llenar calendarios y justificar contratos de televisión. A la FIFA no le importa la calidad del espectáculo, sino la cantidad de partidos que puede vender a los sponsors. La ecuación de Infantino es tan simple como cínica: más equipos = más votos en la FIFA y más millones en la caja.

El tema migratorio añade una dosis extra de sarcasmo. Trump y su administración ya adelantaron que los visados se revisarán con lupa. Algunos países tendrán un acceso rápido; otros, un vía crucis burocrático. El fútbol que presume de ser universal será, en la práctica, una fiesta con lista de invitados redactada por la política estadounidense. El gol más difícil en 2026 no será vencer a Brasil, sino convencer al oficial de Migraciones de que uno viaja para alentar y no para quedarse.

La FIFA, por supuesto, calla. Infantino posa sonriente junto a Trump y promete que “todo se desarrollará con normalidad”. ¿Normalidad? La misma que vimos en Rusia 2018 con excesos policiales, o en Catar 2022, con libertades restringidas y estadios construidos sobre explotación laboral. FIFA repite la fórmula: cerrar los ojos, contar los millones y vender discursos de inclusión mientras la realidad excluye a miles de hinchas.

El contraste con nuestra región es brutal. Europa y Norteamérica convierten cada torneo en una máquina de dinero, mientras en países como Perú seguimos discutiendo si los estadios tendrán agua, luz o parlantes que no revienten los tímpanos en el entretiempo. Aquí todavía se celebra como logro nacional que una cancha tenga césped decente, mientras la FIFA organiza un Mundial donde un hot dog costará lo mismo que una entrada al Monumental en un clásico.

El Mundial 2026 corre el riesgo de ser recordado como la Copa del negocio y la burocracia. Un torneo más largo, más caro y más distante del hincha común. Porque mientras los estadios se llenan de corporativos y turistas VIP, los aficionados de verdad quedarán varados entre trámites migratorios, precios imposibles y el cinismo de una FIFA que insiste en vender sueños que ya no le pertenecen al pueblo, sino al mercado.

El Mundial debería ser el lugar donde el fútbol se encuentra con la gente, pero en 2026 será el lugar donde la gente se enfrenta a la política, al dinero y a las restricciones. Infantino sonríe, Trump impone condiciones, y los hinchas pagan el precio. Nunca antes fue tan evidente que el deporte más popular del mundo ya no pertenece a quienes lo juegan ni a quienes lo viven, sino a quienes lo administran como un negocio global.

Reflexión final
El Mundial 2026 no unirá al planeta: lo dividirá entre quienes pueden pagar entradas de lujo y quienes ni siquiera logran una visa. La pelota viajará libre, pero los hinchas serán filtrados como sospechosos. Y la FIFA, en vez de defender la esencia del fútbol, seguirá contando billetes desde su palco. Así será la “fiesta más grande de la historia”: una celebración en dólares, con puertas de acceso blindadas y un espectáculo donde lo más difícil no será gritar un gol, sino llegar al estadio.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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