Pedro Castillo inauguró el desastre y Dina Boluarte lo consolidó

El Perú vive una tragedia política de doble rostro, pero con el mismo origen: Perú Libre. Pedro Castillo abrió el ciclo con un gobierno desastroso, sin rumbo ni capacidad, hasta terminar en prisión. Dina Boluarte lo continuó sin plan de gobierno, sostenida apenas por el blindaje del Congreso. Ambos representan no solo la improvisación en el poder, sino la renuncia absoluta a gobernar. Hoy el país se encuentra secuestrado por bandas criminales, con un Estado reducido a espectador impotente.

El balance es lapidario. Castillo convirtió la presidencia en un terreno de caos y favores, donde el Estado fue desmantelado ministerio por ministerio. Su caída, lejos de marcar un nuevo comienzo, abrió paso a la continuidad del desgobierno. Dina Boluarte asumió sin legitimidad, sin estrategia y sin visión. Su único mérito ha sido sostenerse en Palacio con 2 % de aprobación mundialmente reconocida como un récord negativo. No gobierna: sobrevive, gracias al pacto con un Congreso igual de desprestigiado.

Mientras tanto, el país real está tomado. La criminalidad no solo crece: gobierna. Extorsiones, secuestros, asesinatos y pago de cupos se han convertido en la nueva recaudación nacional. Lo que empezó en bodegas y transportistas ya alcanza a empresarios, colegios y mercados. Las mafias dictan reglas, cobran impuestos paralelos y ejercen justicia de facto. El crimen organizado se ha vuelto más eficiente que el propio Estado.

La corrupción, lejos de ceder, avanza en bloque. Narcotráfico, minería ilegal, tráfico de influencias y prostitución conforman un ecosistema criminal que crece a la vista de todos. La salud colapsa sin medicinas, la educación retrocede con aulas en ruinas y la seguridad es apenas una palabra vacía en los discursos oficiales. El Estado no enfrenta, abdica. Y el gobierno central se limita a mirar el calendario: faltan 336 días para el 28 de julio de 2026, fecha que se ha convertido en la única meta política de Boluarte.

El pacto de sobrevivencia es claro: Boluarte asegura la continuidad del Congreso más repudiado de la historia, y el Congreso garantiza su permanencia en Palacio. Una alianza que no protege al país, sino a ellos mismos. Mientras tanto, la ciudadanía queda atrapada en un limbo de violencia, miseria y desconfianza.

Castillo inauguró el desastre, Boluarte lo consolidó. Ambos son parte del mismo fracaso: la confirmación de que cuando la improvisación llega al poder, el país se convierte en rehén. El Estado no gobierna, el crimen sí. Y cada día que pasa profundiza la fractura entre un poder político que solo busca blindarse y una población que sobrevive a la intemperie.

Reflexión final
Al próximo presidente no le tocará administrar un país, sino rescatarlo de las ruinas. La tarea será refundar instituciones, recuperar el control del territorio y devolverle legitimidad a una democracia en coma. Porque si algo deja en claro el paso de Castillo y Boluarte es que el Perú no soporta más gobiernos de sobrevivencia: necesita uno de reconstrucción. De lo contrario, lo que hoy parece un colapso político se convertirá mañana en un estallido social incontrolable.

Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra

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